Érase una vez una madrugada. No una madrugada cualquiera. Érase la madrugada del domingo 8 de agosto de hace 50 años. Probablemente se trataba de una de esas madrugadas de agosto vibrantes en las que el mar, como compensación al intenso calor diurno, se encarga de regalar a los alicantinos una fresca brisa al romper el alba. Pero ni Fina ni Óscar dicen acordarse de si hacía calor o frío. No se les puede culpar. Fina y Óscar iban a pasar por la vicaría de San Nicolás en Alicante sólo unas horas más tarde. Exactamente a las 10 y media de la mañana. Esa era la boda religiosa. Obligatoria pero deseada, creo adivinar en el tono de Fina cuando me cuenta los pormenores de esas horas.

Oficialmente ya eran marido y mujer desde hacía un par de días. Los papeles en el juzgado ya los habían firmado el viernes en un evento sin boato alguno. Mero trámite administrativo cuya única celebración quedó reducida a un aperitivo de la pareja en el mítico bar Las Chapas, gloria local de marisco excelente y a cinco minutos de la casa de Fina en el Raval Roig. Algún día me tienen que contar si recuerdan lo que se pidieron.

Pero ay esa madrugada de hace cincuenta años. Me gusta imaginármelos febriles y con los nervios a flor de piel antes de ser el centro de atención de todo el mundo. Separados sólo un par de kilómetros. Raval Roig y Campoamor con el Benacantil de centinela. Fina admite que no pegó ojo. Óscar dice socarronamente que durmió como un lirón para hacer más llevadero el mal trago.

Fina había tenido que ir a dormir junto con su hermana a casa de una vecina. Había venido familia materna desde Torrevieja y tenían que acomodarse donde pudieran. Incluso Pepico, el padre de Fina, tuvo que dormir a la fresca en la puerta de casa para hacer sitio a las visitas. En la cama con Mariló y Maite, Fina no pudo pegar ojo en toda la noche. Y sin embargo, cuando ves las fotos de ese día no puedes entrever el más mínimo trazo de cansancio. No ha habido novia más guapa en el mundo.

La mañana fue a encontrarse con Fina bien temprano y el ajetreo de la boda no dejó tiempo para más nervios. Mientras ella se engalanaba pudo escuchar gritos cuando una rata no invitada hizo su indeseada salida a escena mientras vecinas, amigas y familia preparaban el banquete que se celebraría a puertas del hogar paterno.

Juanito, el hermano mayor de Óscar, llevó a casa de Fina a Mari Rosa, el angelito que llevaría los anillos. Cuando vio a la novia le dijo algo así como: “No te voy a decir lo guapa que estás porque hoy te lo van a decir todos.” Hay que tener arte para eso. Juanito les había pedido ser el padrino de boda pero Fina quería que fuese su padre, Pepico. Pepico incluso se había operado los ojos para poder ejercer de padrino de boda sin temor a agarrar al novio. Óscar y Fina prometieron a Juanito que sería el padrino del primer hijo que tuvieran. Y así es cómo Juanito fue a convertirse en el tío padrino del churumbel que nacería al año siguiente. El primero de tres. La madrina de boda fue Rosa, la madre de Óscar.

Tras la ceremonia en San Nicolás, la comitiva tomó el camino de vuelta al Raval Roig para celebrar el banquete. El ágape, ajustado a los tiempos, había sido confeccionado entre todos. Montaditos, tapas y aperitivos. En platos y bandejas propios y prestados puestos sobre planchas y potros. Una retahíla de manjares al alcance de pocos paladares hoy en día. Pero fue un banquete frugal para los novios pues el día no había hecho más que empezar.

Tras aguantar las bromas y chanzas sobre la venidera noche de bodas, Óscar y Fina, acompañados de sus más cercanos amigos, se fueron a comer a un restaurante a las afueras de Alicante. Tras eso, a pasar la tarde a la bolera y culminar la jornada en la sala de fiestas El Gallo Rojo, viendo a Nino Bravo. Una vez acabado el concierto la pareja cenó en Juan XXIII y se retiró.

Eso fue hace 50 años. Hoy, mientras escribo estas líneas, están celebrando esas cinco décadas de amor y pan. En esta ocasión el invitado indeseado no ha sido una rata asustada sino el maldito bicho del Covid que ha hecho aplazar un jolgorio mayor hasta que sea seguro hacerlo. A mi me hubiera gustado estar con ellos para poder decirles cuatro cosas que también tienen que ser aplazadas. Cosas del corazón, por supuesto. Pero les dejo aquí esta relación de la boda entre las bodas que prometo ir extendiendo a medida que vaya hablando con ellos.

Si alguna vez me caso, quiero que mi boda sea así. No, no sólo la boda. Si alguna vez me caso, quiero que mi matrimonio sea así. Ay, cuan dado soy a imposibles.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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