Besando a Carmela

La Mala XI

La noche vestía ese tipo de frescor que habita el recuerdo desde que uno lleva pantalones cortos. Era una de esas noches que invita a caminar sin rumbo, ponerse una rebeca, compartir confidencias quedamente y fantasear con el futuro. Carmela, bellísima y serena como nunca, a mi lado tras decir adiós a Paqui y Adolfo, me dijo: “no me apetece irme a casa todavía ¿damos un paseo?” Sonreí.

Inconscientemente subimos las escaleras que llevan al puente que alcanza el principio del parque mientras destripábamos la fiesta. Qué bichos los nietos, que mona la nena de Puri ya está hecha una mujercita, el mayor sin embargo está en plena edad del pavo, ¿te has fijado que no levantaba la cabeza del móvil? bueno, alguna mirada a las muchachas ha echado, que lo he pillado en un par de ocasiones, Antonio no sabe contar un chiste bueno, ¿te has fijado en la nueva novia de Andresito? tenía más piercings que piel libre, ay hijo que criticón, las cazuelitas de rabo de toro estaban pa materse, Paqui es una artista, pues anda que las croquetas de manchego y jamón ¿cómo las hará? un día se lo tengo que preguntar, ja, a ti te lo va a decir, eso es secreto de estado, Don Aurelio se ha pasado toda la sobremesa dando cabezadas, eso es que estaba a gusto, el tío Alfredo estaba en su salsa con el Catalán y el Picao, pobre Lino, he oído que Fini te lleva a conocer a la Námara, no sé, estoy liado, venga no te hagas de rogar, sabes que con esto de la jubilación hay más tiempo libre, por cierto no sé qué voy a hacer con tanto tiempo libre y así seguíamos con la charla cuando la umbría del parque nos engulló.

Inesperada y súbitamente Carmela se puso frente a mí y azotó un beso de quinceañera. Tenía el palpitar de la novedad, del temor, de la fascinación. Era como el primer beso. Como un beso nuevo después de varios millares de besos. Cuando se separó de mí, vi que las sombras borraban cualquier rastro que la edad hubiera podido trazar. A la luz trémula filtrada por el entrerramaje de las adelfas y pinos pude intuir sus mejillas y el perfil de sus orejas con el cabello acoletado. Me pareció una niña. La niña Carmela que yo nunca había conocido. Todo esto lo he rememorado al escribir estas líneas. En aquel momento sólo estaba absorto en ella y en el beso. Creo que sonreí. Al menos para mis adentros. Y entonces fui yo quien la besó.

Besar a Carmela siempre será mi parte favorita de nuestra relación. No me malinterprete. Cualquier cosa que usted pueda echar en falta en estas líneas atribúyalo a mis dejadez, no a mi superficialidad. Además se me da bien, modestia aparte. Genuinamente creo que lo único que realmente he sabido hacer bien en mi vida es besar a Carmela. He leído no sé donde que cada persona debiera dedicarse a lo que más le gusta y lo que mejor se le da. No sé si besar a Carmela se puede aplicar a ello, pero lo cierto es que uno lleva esa sensación en el pecho desde que la besó por primera vez.

Recompuestos tras lo besos seguimos en derrota imprecisa entre la arboleda. Yo le pregunté qué pensaba hacer con todo el tiempo libre que tendría ahora. Ni lo he pensado, respondió, pero tengo ganas de bajar a la Tacita. ¿Por qué no nos vamos a pasar un mesecito allí y me lo pienso?”

Carmela era de Cadi Cadi. Expresión únicamente comprensible para los que tienen algo que ver con Cádiz y que no pienso explicar aquí. Heredado de su madre, teníamos un apartamento en una casa-puerta entre la Plaza Mina y la Alameda que nos habíamos ido acomodando con el tiempo para cuando nos jubiláramos. Íbamos con frecuencia, aunque todo lo que no sea vivir en Cádiz permanentemente es poca frecuencia. Con la cabeza más en el Manteca que en el momento, no pude sino poner la risa de nariz chata y dientes apretados que se me aparece cada vez que alguien me nombre la trimilenaria.

Sin mentarlo, fuimos lentamente rutando hacia casa. Yo con una sensación de plenitud que no se me ha borrado del alma. Creo que Carmela también estaba una miajita contenta. Cuando llegue a casa, le dije, voy a tirar estos zapatos. Necesito zapatos nuevos.

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