El otro día iba por la calle y vi una pelea y me llevó a recordar esas peleas entre caballeros que se podían presenciar antiguamente y que hoy son difíciles de ver.

Hace unas décadas era frecuente que, cuando dos caballeros tenían un encontronazo, el procedimiento discurriera por unas sendas muy peculiares.

Pongamos un ejemplo. Dos parejas de mediana edad, que no se conocen de nada, están esperando en la cola de un cine. De repente, por un desafortunado movimiento, una de las señoras pisa a la otra.

- Aaay - dice la Señora 1, a la cual llamaremos Maripaz.
- ¿Qué sucede? - pregunta el Señor 1, al que llamaremos Manolo.
- Que me ha pisado esta señora - replica Maripaz, apuntando con la barbilla a la mujer que tiene delante. 
- Oh, no me he dado cuenta - dice la Señora 2 al Señor 2, ella de nombre ficticio Ángela y él Paco. Ángela había girado la cabeza al oír el aaay y sus palabras han sido pronunciadas en un tono lo suficientemente bajo y direccional como para que parezca una explicación para Paco y no una disculpa a Maripaz.
- Por lo menos podría haberse diculpado - no importa quién de la familia 1 dice esto.
- Hoy en día ya no hay modales - contrapuntea el otro miembro de f1.
- Tal vez, los que no tienen modales son ustedes por acercarse tanto a nosotros - dice alguien de la pareja 2.

En ese momento, el conflicto bélico comenzaba su escalada. Ambas parejas entraban en modo provocación e indignación pero al estilo posguerra: ellas contra ellas y ellos contra ellos, con acusaciones cruzadas que encendían los ánimos aún más . En el intercambio verbal se podían discernir perlas como

- Habrá que ver cómo lleva sus hijos al colegio.
- Habrá que ver cómo tiene la casa.
- Vaya aires de gran señora que se da.
- Usted no le habla a mi señora en ese tono.
- Manolo, ¿te vas a quedar ahí parado mientras este señor me falta el respeto?
- Usted es un sinvergüenza.
- Usted es un mequetrefe.
- Usted no me habla a mi así delante de mi señora.
- Repita eso si tiene redaños.
- Se lo repito una y mil veces y donde sea, es usted un faltón.
- Se lo digo aquí y se lo digo en cualquier otro sitio.
- Qué falta de urbanidad.
- Váyase usted a vivir a la selva.

Mientras tanto, estos señores podían ir aproximando sus caras poco a poco hasta estar muy cerca. Sus rostros iban paulatínamente enrojeciéndose mientras seguían insultándose de usted.

Una vez llegados a este punto había que buscar un modo de rebajar la tensión. En muchas ocasiones una voz sabia femenina intercedía … «Paco, la tensión» o «Manolo, déjalo estar». Otras veces entraban en acción uno o varios Separadores de Peleas. En una circunstancia como esta tampoco hubiera sido infrecuente que tras el «Paco, la tensión» la cosa volviera a un cauce semipacífico de indignación por lo bajini, con algunos picos de agresividad de ida y vuelta, mientras la cola del cine avanzaba.

Se echan de menos.

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