Lo siento unión monetaria. Mi cabeza sigue anclada en las pesetas y me temo que me iré pal otro barrio haciendo la conversión de pesetas a euros y viceversa.

Cada vez que mis ojos ven o mis oídos escuchan una cantidad en euros, mis neuronas automáticamente comienzan el inagotable proceso de multiplicarlo por 0,60.

Lo sé. Es estúpido. La inflación, bla, bla,… pero no puedo evitar pensar en cosas como «eso es más de 100 duros», «joder, mil calas», «mil duros ahí es na», «tres mil pelas», sueldos, precios de jerseys, el kilo de jamón, el aceite, el pan, el café, la cerveza. Todo se convierte a pesetas en mi cabeza.

Y malamente además, porque nunca he sido bueno en matemáticas. Pero aún así, para saber lo que cuesta una cosa sigo haciendo la conversión.

Todavía me acuerdo de La Gran Estafa Española. La noche del 31 de diciembre de 1998 me acosté con birras a cien pelas y me levanté con birras a un euro. Un café 60 pelas y de momento costaba un euro. Una barra de pan 40 pelas,… bueno, el pan aguantó un poco el chaparrón, pero al poco tiempo también costaba un euro. HOSTIAAAAAAS!!!! Pues sí, eso paso. El gran timo del euro fue ese. De un día para otro un sueldo de cien mil pelas no pasó a ser 1.000 euros, sino 600, pero todo lo que valía 100 pelas se convirtió en un euro. Las autoridades pasaron de escarmentar a los estafadores y de incorporar el subidón a la inflación. Seguro que no tuvieron tiempo o se les pasó por alto.

Y todo el que tenía un negociete al que aplicar el timo pegó un subidón del carajo ayudando a insuflar una burbujita divina de la que todavía nos queda la tos. Y todo el que tenía un empleíto normal se volvió más pobre. Si estabas en algún trabajo cercano al contubernio comercio-construcción-banca-burocracia te forrabas. Te comprabas un chalet, te daban préstamos para la kela, el buga y un pico para reformas y muebles, mientras seguías con tu curro de encofrador. Se veía venir la catástrofe.

Los gobiernos no hicieron absolutamente nada porque llenaron la butxaca, la pública y en muchas ocasiones la personal. Para vaciarla acto seguido, claro está.

¿Qué ha quedado de todo eso? Un país bastante más cutre que antes, con una sociedad fragmentada, desengañada y aferrada a los sueños y recuerdos pre-euro. Eso y un menda que no añora la peseta, pero que no puede evitar pensar que, antes del euro, uno creía que en España había menos ladrones y timadores de los que afloraron.

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