Venía diciéndole yo a un amigo el otro día que no me gusta la televisión. Que no me ha gustado nunca. Que la aborrezco. Pero luego comienzan los peros. Comienzo a recordar programas maravillosos, ingeniosos, divertidos, inteligentes, … y me doy cuenta que no puedo decir que no me gusta la televisión, como no puedo decir que no me gusta la literatura porque la gran mayoría de los libros sean totalmente banales e intrascendentes, cuando no ofensivos y chabacanos.

Seguro que existen teorías y artículos de opinión bien fundamentados que destrozan la mala televisión y que están escritos con más arte que este artículo. Pero a ojo de buen cubero simplista me da por pensar que la bondad o maldad de libros, tele o casi cualquier otro producto de consumo masivo destinado al entretenimiento se reduce a si aburre o no. Y aquí entramos en una nueva dimensión. ¿Qué aburre a unos y a otros no?

Dependerá de las inquietudes y predisposición de cada uno, imagino, y tal vez del nivel cultural, que probablemente está relacionado con lo anterior. Y, ¡ojo!, esto no quiere desencadenar en un relativismo tipo «esta es mi opinión y merece respeto». Naaaah, una opinión merece ser escuchada, como más, pero luego cada uno debe decidir si respetarla o no. El respeto hay que ganárselo, que se dice. Tampoco es un «para gustos los colores». No intento defender mis gustos frente a los de los demás, aunque sean mucho mejores. (No hace falta poner emoji, ¿ves?) Esto va por otro derrotero. Y no saque conclusiones precipitadas partiendo del título. No quiero poner a parir el Un, Dos, Tres, aunque claramente me deba una.

La cosa es que, ya me vuelvo a ir por el camino de ronda, a pesar de la tendencia generalizada a la entronización y exaltación de la televisión pretérita, el Un, Dos, Tres, Responda otra vez, programa emblemático de los viernes por la noche en la España de los 80 y aledaños, era un bodrio insuperable para mí. Cuando llegaban los viernes por la noche prefería hacer cualquier otra cosa excepto plantarme ante la tele a ver el Un, Dos, Tres. El Un, Dos, Tres me hizo un gran favor. Quizás no me hubiera gustado tanto leer o hacer cualquier otro tipo de cosas si hubieran echado buenas películas u otra cosa que me gustara.

Pero la cosa es que la tele, en aquella época, era otra cosa más allá de sus programas. Había desplazado a la radio del centro de las veladas, pero seguía siendo un mal sustituto de la lumbre con sus folletines y cotorreos de tiempos menos sofisticados y no tan lejanos para muchos. La tele era el centro del hogar. La tele también había desplazado el centro de la casa desde la cocina al salón. El nuevo hogar se encendía cada noche en otra estancia y no calentaba tanto.

Un bosque de antenas en las azoteas para sólo dos canales comprados a plazos y una legión de familias en modo baby boom eran el caldo de cultivo ideal para programas como el Un, Dos, Tres. Especialmente si te imaginas cómo se encontraba el personal típico un viernes por la noche. Molido pero sin tener que poner el despertador al día siguiente y con un horizonte de emociones a la vuelta del día.

La cosa es que el Un, Dos, Tres es más icono cultural de aquella época que un programa brillante. Para ti que no lo has vivido que no te cuenten trolas. Trataba de agradar a todo el mundo, tenía mucho humor ramplón, actuaciones musicales para casi todos los estómagos y emociones pequeño-burguesas que retratan las aspiraciones de veraneos en la costa y televisores a todo color de aquellos tiempos. Todo eso lo hace entrañable mirado desde la lejanía. Pero sus tres horas o lo que durase se hacían imposibles para casi todo el mundo. Sólo su intrascendencia total, la falta de interés en la mayor parte de su desarrollo, le salvaba el pellejo. Los niños y abuelos se enfadaban, unos porque no podían oír al Dúo Sacapuntas y su 22 o a Antonio Ozores y su no hija no, y otros porque no paraba de pasar gente por delante de la tele mientras la Bombi hacía gala de su fingida ingenuidad de pin-up castiza.

Así que cuando alguien te cuenta lo bueno que era el Un Dos Tres, en realidad te está diciendo cómo le gustaría poder volver a ser otra vez ese niño o niña que se sentaba en un cojín a los pies de papá mientras éste se fumaba un ducados, el abuelo dando cabezadas, la abuela cosiendo unas coderas al chándal y mamá cotilleando por teléfono con la tía. Mientras, tu hermano te estaba preparando una putada o miraba absorto a Alaska en el Un, Dos, Tres. Eso era el Un Dos Tres. Eso y las coletillas que el resto de la semana se vertían a mares en oficinas, colegios y bares.

Para bien o para mal, aun cuando también tengo algunos recuerdos familiares vinculados a la tele, ninguno es con el Un, Dos, Tres. Pero sí, me acuerdo de aquellas tardes y noches alrededor de la hoguera hertziana y también me entra el respingo melancólico de un mundo alrededor de la tele en el que la tele era lo menos importante. Supongo que ya tenía cosas de viejo por aquel entonces.

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