Canta Rafael Amador en su disco Inspiración y Locura «Tu mare tuvo la culpa que por dejar la puerta abierta, y yo por meterme dentro y tu por quedarte quieta», y desde el primer momento en que la burbuja inmobiliaria comenzó a formarse el soniquete no ha cesado en la oreja del cerebro. La mare, yo y la que se queda quieta pueden representar al estado, a la empresa y a los compradores en cualquier orden, porque quien esté libre de pecado que tire la primera hipoteca.

No hacía falta ser un lince para ver que aquello iba a caerse. En los bares se escuchaba el retumbar de los agoreros en contraste con el runrun de las consignas de los burbujitos del momento y convertidas en eslóganes marquetinianos. Los segundos no querían oír a los primeros y los primeros se resignaban a verlas venir porque, a pesar de su apocalíptica clarividencia, todos tenían un amigo o un familiar burbujeante y duele ser agorero si no se tiene vocación para ello. Pero repito. No había que ser un lince.

Digamos que Manuel, repartidor en el momento en que se comenzaba a inflar la burbuja, tenía una novia guapísima, cajera de supermercado, a la que había conquistado gracias a su labia. Ambos tenían planes para casarse y compartían un piso de alquiler. Manuel coincidió un día con antiguo compañero de colegio, el cual, bajándose de un coche de semilujo y ante la admiración jocosa de Manuel le contó que su éxito procedía de la venta de materiales de construcción. Se estaban haciendo urbanizaciones, adosados y bloques a to trapo y las comisiones eran angelicales. Además necesitaban gente. Mucha gente. Y él tenía labia.

Un año después Manuel no sólo había cambiado de curro. Esperaba ser padre, el piso de alquiler se le empezaba a hacer pequeño de cara al futuro y la cuenta bancaria y el dinero del armario también reclamaban nuevos espacios. El dinero le daba para vestir de marca, comprase un coche justo por debajo del semilujo, pagarse vacaciones exuberantes y comer en sitios de postín. Pero necesitaba dar un salto cualitativo.

En el banco le quitaron los miedos. La Unión Europea había abierto el grifo de los tipos de interés, facilitando los préstamos y el sistema de diversificación de inversión de la banca en el sector inmobiliario garantizaba amortiguar cualquier caída puntual del mercado. Todo era sostenible. Esta burbuja se diferenciaba en nada de las anteriores, pero para los que flotaban en ella era como la belleza tras cuatro copas. Él quería un piso, le daban dinero para un adosado nuevo con piscina, todos los muebles de la casa y un coche de semilujo. Nada podía salir mal, pensaba Manuel. Si un banco me deja la pasta y el gobierno y Europa lo respaldan, pues todo va a ir bien. Ellos que son los inteligentes, los que mandan y los que tienen en su mano el poder no me van a dar el pastón que me han dado si no pensaran que no iba a poder pagarlo. El gobierno no les dejaría hacerlo.

Pero Manuel era ahora comercial, como lo era el tío del banco que iba a comisión por préstamo concedido, como lo era el del concesionario de los coches, como lo era la del … y mientras, el sector público llenaba las arcas e invertía en más obras y ponía más dinero en circulación, con honestidad discutible en muchas ocasiones, y nadie quería mirar fijamente a nadie, no fuera a convertirse en el que quitara la carta de abajo del castillo de naipes de todo el tinglado. Los flecos de esta historia están en hemerotecas, bibliotecas, confesionarios, juzgados e internet. Y probablemente en algunas conciencias, avergonzadas o con rostro rojo caravista.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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