A medida que uno se va haciendo viejo le entra un cierto apego por cosas a las que no prestaba mucha atención en otros tiempos. Muchas de esas cosas sirven de enlace con aquellos que se nos han ido muriendo o con los que compartimos tiempos dignos de recordar. A medida que uno se va haciendo viejo también se va dando cuenta que muchas de esas cosas van engrosando a su vez las filas de lo que ha pasado a mejor vida.

Uno mira edificios nuevos y recuerda rincones de besos, escondites o algún puesto de chucherías en el que el abuelo se dejaba engatusar por tirones de mangas. Las viejas raíces sólo se mantiene en la memoria. Las nuevas raíces germinan en las mentes de niños y jóvenes. Y me paro a especular sobre qué raíces son esas.

Me cuesta imaginar qué quedará en el imaginario de la generación de niños de ahora, en su vejez. ¿Consolas de videojuegos, parques de bolas, reality shows, películas de superhéroes, vídeos de un compañero de clase acosado,…? Todo muy distópico pero no entro a juzgar. También hay tiendecitas y abuelos comprando caprichos, Nochebuenas, y amigos del alma con los que compartir confidencias.

Y entonces me da por comparar estas nuevas raíces con las mías. Qué es lo que queda de mis recuerdos. Y a medida que los repaso me da la sensación de que no pueden ser tan distintos de los de ahora. Y, al contrario de lo que pueda parecer, no me reconforta en absoluto.

Porque pienso en esas tiendecitas y en esas confidencias con amigos, y en esos primeros besos, no en los míos únicamente. En los de los otros. Y veo imágenes de películas con besos de otros, de abuelitos con gabardinas como las que mi abuelo nunca tuvo. Y rascacielos iguales en todas las ciudades del mundo. Y cada cosa genuina se convierte en un pastiche adorado por las legiones de demagogos bienpensantes. Un pastiche demacrado y odioso en mi agria memoria. Y yo he ayudado a que eso suceda. Llevo años poniendo imágenes a los recuerdos, a las sensaciones y ahora ya es demasiado tarde. Ahora me doy cuenta que no era yo el que las ponía. Ahora es cuando me doy cuenta de que nos conquistaron hace mucho tiempo.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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