El fenómeno GameStop es lo más sorprendente que ha pasado en bolsa desde que tengo noción de cómo funciona el cotarro. Pero no me río ni lo veo como un escarmiento de probes buenos inversores a los malvados fondos de inversión. Con anterioridad he presenciado con estupor explosiones burbujiles, Lunes Negros, Martes Negros y casi cualquier día negro de la semana, pero a la larga ninguno de ellos ha tenido la menor gracia.

Siempre han comenzado con caídas de empresas que viven de la especulación en bolsa y que acaban por arrastrar a la totalidad de la maquinaria con ellos hasta que el eslabón más débil del tejido social/económico asume las pérdidas: dícese del tío que se queda en el paro, la tía que pierde la casa, el que tiene que cerrar el negociete, … Es por eso que aunque el fenómeno GameStop pueda parecer gracioso, en el fondo da miedo. Da miedo por la capacidad que tiene la funesta hidra financiera/política para pervertir regulaciones y mitigar sus propias pifias a costa de los incautos currelas. ¡¡¡¡Capitán Estado al rescate!!!

Ya se han visto movimientos que los amantes de las conspiraciones ven comulgar con esa costumbre. Corre en Facebook el rumor de que las autoridades habían permitido a Melvin romper sus contratos short para mitigar pérdidas, aunque no he leído nada respetablemente verídico sobre ello. Lo que sí está claro es que recortaron su exposición a los movimientos en GameStop y tienen que apechugar con pérdidas considerables, despertando dudas sobre cómo afectará esto a su estabilidad. Por otro lado la plataforma RobinHood cortó su servicio durante unas horas sin ninguna razón sólida y justificada pero misteriosamente insuflando una bocanada de aire a los fondos de inversión, los cuales ganaron tiempo para salir de sus posiciones cortas al tiempo que detuvieron la sangría alcista. Welcome my son, welcome to the machine!

Y quiero dejar claro que no tengo nada en contra de la bolsa ni de los fondos de inversión, pero que tampoco tengo dinero en bolsa ni ningún producto financiero más allá de una cuenta en la que me ingresan la nómina cada mes y la chepa de la hipoteca. Ni creo estar en posición de volver a inventar el fuego ni me siento cómodo en ropas de la inquisición o los sans-culotte. Como buen hijo de vecino me molesta que cuando la caguen nos metan a todos en el embolao y luego se vayan de rositas, pero no soy tan ingenuo como para no darme cuenta de la relación entre el poder político y el económico.

Así que no creo en quimeras bursátiles ni en utopías mesiánicas. No. Ni creo que los invernautas de WallStreetBets crean seriamente en ellas tampoco. Robin Hood no existe en bolsa. Nadie roba en bolsa para dar a los pobres. El que roba en bolsa se lo queda. No existe el pequeño buen inversor altruista. Todo el mundo quiere ganar dinero. Y todo el mundo quiere no perder el dinero que tiene invertido en bolsa. Quien tiene pasta y la mete en bolsa, como poco, quiere ponerla a salvo de la inflación. Pero en el fondo todo inversor aspira a ganar algo. Si no pa qué.

La bolsa puede ser muchas cosas, pero no es el bosque de Sherwood, por más que internet facilite el darse una vuelta virtual por ella. En cuanto a WallStreetBets, todos sabemos que las revoluciones acaban por devorar a sus hijos, si alguien no los engulle antes. Y sin en cambio, que diría aquel, hay varios mensajes que subyacen en el fenómeno GameStop.

Primero. Internet tienen el potencial para trastocar casi todos los sectores y el financiero no está a salvo. Mientras la tecnología ha sido utilizada por los operadores financieros tradicionales para incrementar su eficiencia y tratar de sacar tajada ante las legañas de la inversión más chapada a la antigua, ahora parece ser que le toca el turno a los internautas de a pie el decir esta boca es mía.

Segundo. Los corredores de bolsa y los fondos no son más listos que los demás. Lo siento por el Lobo de Wall Street, Michael Douglas y otros semidioses. Un grupo de internautas puede lograr el mismo éxito que un director de cuenta y un fondo de inversiones sin ni siquiera necesitar la misma potencia de fuego.

Tercero. Si no se modifica la regulación los invernautas pueden acabar haciendo la vida imposible a las posiciones en corto. ¿Están dispuestos los fondos a ser más liberales que Adam Smith y confiar en la mano invisible del mercado esta vez?

Cuarto. Las posiciones en corto deberán, forzosamente, realizar una reevaluación del riesgo que comportan y realizar una corrección en sus costes y precios. Parece impensable una regresión en el floreciente ecosistema de plataformas de inversión, aunque la historia de las finanzas está coloreada con una considerable panoplia de decisiones y procederes de dudosa legalidad, moralidad y lógica. No me pillaréis diciendo oh, no me lo esperaba.

Quinto y último. Hace falta incorporar las lecciones del fenómeno GameStop a la regulación y operación bursátil. De un modo u otro no se debería ignorar que un grupo masivo de pequeños inversores puede insuflar vida a corporaciones agonizantes, con todo lo que ello conlleva. Cuidado, hasta la utopía podría tener cabida en el feroz bosque de Sherwood.

Nuevos modos de inversión están desarrollándose y ya se sabe. Renovarse o morir.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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