Nunca podré saber cuántos politicus interruptus similares al mío existen en España, pero sé que no soy el único. Mentiría si dijera que nunca en mi vida he votado, pero nunca he apostado a caballo ganador ni a rojo o negro. Creo que en total, en toda mi vida, he votado dos veces y ambas descorazonadamente. Sin ninguna ilusión, llevado por circunstancias personales y siendo el perfecto ejemplo del voto inútil.

Mi total desafección por el sistema democrático representativo, el voto, y, en general, todo el tinglado del aparato político en el que vivimos proviene de una letal combinación entre mi ingenuidad infantil y la hipocresía del PSOE.

Recuerdo los tiempos de cambios, la llegada de la democracia, Suárez presidente, Felipe presidente, OTAN no bases fuera, OTAN referéndum, OTAN sí … Espera, OTAN ¿no? Sí. El referéndum de la OTAN mató toda mi confianza en la clase política y el sistema democrático.

Recuerdo vivir aquellos días con emoción ingenua. Realmente no sabía qué era la OTAN, el PSOE o lo que representaban uno y otro. Pero recuerdo tan vivamente cómo el PSOE abanderaba el no formar parte de la OTAN … hasta que obtuvieron el triunfo, se convirtieron en Gobierno y empezaron a pensar que eso de la OTAN no estaba tan mal. Y pasaron de ser los que decían que no, no y no a los que decían, hombre es que… Conozca más detalles sobre el paripé en este enlace.

La cosa es que yo, en mi mozuela cortedad, saqué varias conclusiones de todo aquello. Que nunca jamás votaría al PSOE. Que Felipe González había mentido con el fin de convertirse en presidente y que carecía de palabra y por tanto de honor. Que no importaba que un partido se hubiera aprovechado de la ingenuidad de la gente para hacerse con el poder: el sistema político no protegería al ciudadano ante cambios de chaqueta. Que quedaba claro que las campañas electorales, al menos las del PSOE, eran como aquel rancio dicho: prometer, prometer, hasta meter, y una vez metido, nada de lo prometido. También aprendí que la democracia puede ser igual de siniestra que cualquier otro sistema y convivir felizmente con la falacia y la demagogia.

Y por esas es que me convertí en un abstencionista convencido varios años antes de poder votar. Y no me he arrepentido. El paso de los años me ha reafirmado en mis convicciones. No es que yo sea mejor que los demás, es que no soy lo suficientemente ingenuo, cínico o ladino. No tengo madera de votante.

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