Hubo una serie de veranos en mi vida en los que mi padre y yo llevamos vida de rodríguez. El resto de la familia comenzaba las vacaciones lejos del calor de la gran ciudad a mediados de junio mientras mi él y yo, presa de distintas obligaciones, combatíamos la espera hasta nuestro turno con odiseas manchegas de 5 horas cada fin de semana.

Nuestras manchegos periplos, al contrario que el de Ulises y los suyos, no tenían brisa marina. El camino que acometíamos era una carretera general de las de antes. Doble sentido, camiones caracoléricos que engendraban desesperación a costa de chupar sus ruedas durante decenas de kilómetros, adelantamientos que requerían profundos conocimientos de balística y mecánica, 45 grados sobre el asfalto, 48 dentro del coche, ventanillas bajadas hasta el tope, ventilador a to trapo y la radio. La bendita radio.

La radio permitía mantenerse despierto y dar tema de conversación cuando se acababan los que traíamos en la sesera. Pero para todo aquel que recuerde la ruta (cualquier ruta) reconocerá que había marcadas lagunas radiofónicas y desastrosos programas que estimulaban más la ira o el tedio, ambas malas compañeras cuando se va al volante. Y es en esos momentos de hastío o carestía de las ondas cuando entraban en juego las cintas magnetofónicas. Existían coches con radios sin cinta pero nosotros éramos uno de esos afortunados con una radio con cinta autorreverse, ahí es nada.

El menú no traía muchas sorpresas desde hacía años: chistes de Eugenio, una cinta que promovía la conducción responsable que nos habían regalado en una gasolinera y que contenía gags de Gomaespuma, eslóganes y canciones pop italianas y españolas de los sesenta (al menos eso creo recordar), varias de Los Panchos, alguna de Maria Dolores Pradera y varias de otros compañeros de generación. Yo me moría de ganas de escuchar lo que entonces me gustaba: Elvis Presley, Chuck Berry, Stray Cats, Loquillo y Trogloditas, Rebeldes, La Frontera y otros roquetas de pro de los cuales me hacía cintas recopilatorias con mis canciones preferidas. Peeeeeero, como el que conducía era mi padre, pues mi selección, a la tercera canción, recibía un anda nene pon otra cosa más tranquilita.

Pero yo, artero y harto de Los Panchos y sus secuaces bolerizantes, urdí una estratagema para poder escuchar mis canciones.

Mi padre y mi madre me habían comentado en alguna ocasión que en su época yeyé ponían a los Beatles en los guateques y que les gustaban mucho y sin embargo en casa no teníamos ningún disco de ellos, así que no podían volver a escucharlos. Por otro lado, uno de mis amigos tenía varios LPs de ellos (de los Beatles, no de mis padres. Vamos, no de los Beatles, sino en los que cantaban los Beatles ;D). Así que tramé grabar una cinta que intercalara canciones de los de Liverpool con algunas de mi propia fonoteca. Yo desconocía totalmente a los Beatles con excepción de She loves you y el Submarino Amarillo, así que cedía la grabación de la parte beatlemaníaca a mi amigo. Es más, les tenía tirria por la insistencia de mis padres en lo buenos que eran, así que en mi imaginación, para mí, The Beatles eran Los Panchos ingleses.

La cosa resultó. En el siguiente viaje mi padre volvió a escuchar a los Beatles recordando sus años guatequeros y tragándose con resignación mis entreverados a sabiendas de que tras la tempestad patillosotupera vendrían los escarabajos. Yo por mi parte perdía mi vista en el horizonte de doradas llanuras por donde quiso desfacer entuertos Don Quixote mientras sonaban ellos y bailaba pogos en mi cabeza con los míos. La cosa funcionó tan bien que repetimos cinta varias veces. Y en la repetición, mientras las mies bailaban al paso de nuestro cochechito, descubrí a los Beatles. I should have known better. Con la armónica de Lennon, el punteo de Harrison, las armonías… Era la perfección y todavía no había escuchado I am the walrus o Strawberry Fields Forever. Y al llegar a casa volví a escuchar la cinta. Y durante esa semana sólo los escuché a ellos. Repitiendo sin cesar. ¡¡¡¡¡Qué buenos eran!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡Qué buenos son!!!!!!!

El siguiente fin de semana, tras las correspondientes cinco o seis horas de viaje, ya sin suyos ni míos, visité a mi amigo con urgencia y un paquete de cintas en la mano. Grábame todo lo que tengas de los Beatles.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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