El enésimo panegírico a Tati no va a aportar nada nuevo. Ni lo pretende. Solo me presto a reverenciar la figura de Jacques Tati como uno de los grandes creadores del séptimo arte, lo que no es un secreto para nadie que posea unos criterios estéticos similares a los del que escribe.

Vi Mi Tío en mi adolescencia y la he vuelto a ver media docena de veces más desde entonces. También vi Las Vacaciones del Señor Hulot hace tiempo. He podido ver Playtime recientemente con gran regocijo y determinado tras su visionado a escribir algo sobre Tati y sus películas.

De Tati me fascina su acercamiento al cine como medio. Su capacidad para construir su propio lenguaje fílmico. Su intención de abandonar la manida estructura planteamiento-nudo-desenlace para que todo sea un nudo que lleva a otro nudo y carente total de planteamiento o de un desenlace apoteósico. También me pirra el abandono de los primeros planos para dejar en nuestras manos una labor activa como espectador. Si usted no quiere explorar el mundo no vea a Tati. En Tati existe el mundo como es y los extras no son extras para nada. Actúan. Ah, y en los mundos de Tati, aunque no lo crea, ¡suceden más de dos historias diferentes al mismo tiempo! Sí, sí. Como en el mundo real. El universo de Tati es un universo que hoy llamaríamos sandbox, donde coloca una caterva de estereotipos prodigiosos encabezados por Monsieur Hulot y les hace jugar.

Se cuenta que Tati comenzó a interesarse por la comedia cuando se dedicaba a entretener a sus compañeros de equipo deportivo haciendo imitaciones de los lances del juego. Si así hubiera sido no puedo cejar en mi idea de que las películas de Tati siguen esa misma línea, mas truecan el deporte no solo por un mundo en transición donde se retrata la deshumanización eléctrica y burocrática que se va adueñando de los escasos márgenes vírgenes de la vida que quedaban entonces, sino también por un mundo añejo en el que Hulot también se muestra con frecuencia huraño. Pero Hulot vive. No se queja. Disfruta de una noche de marcha con igual fruición que una charla con un tendero calado. Aunque todo eso es evidente y totalmente insignificante. ¿Quién quiere hacer un tratado sociológico de las películas de Tati? (Alguien habrá, amigo, seguro que lo habrá).

Lo que a mi me gusta de Tati es la mirada franca con la que observa todo, especialmente a través de Monsieur Hulot, aunque no exclusivamente. Al igual que los niños, Hulot acepta el mundo de los adultos y tiene que jugar con esas reglas cuando no le queda más opción. El resto del tiempo trata de escaparse de ellas. No comprende los engranajes de la vida moderna pero no aspira a ello. En ese sentido Hulot es la viva imagen zen del que vive el presente sin la introspección agónica de los adultos que habitan la ciudad moderna. Por otro lado no deja de intentar sobreponerse a sus propias limitaciones mediante soluciones improvisadas ni se priva de mostrar curiosidad ante cualquier elemento nuevo. Hulot no aprenderá a manejar una maquinaria compleja pero ello no le impedirá intentar hacerla funcionar con notable torpeza.

Me gusta el cine de Tati porque contiene la mirada y la mano del niño. No la mirada de un adulto sobre los niños. Sino la mirada de un niño sobre un mundo infantiloide en el que lo viejo y lo nuevo se dan la mano amablemente. Si este blog no es más que cosas de viejo pienso que las películas de Tati no son más que cosas de niño.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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