He visto a demasiados adultos llorar desconsoladamente ante el monumento a Disney en el Panteón. Cuando llegan, no alcanzan a comprender cómo la gentil estela que las creaciones de Disney han dejado en sus corazones puede ser parte del terrible cementerio de piedra y metal que es el Panteón. No entienden qué oprobio ha llevado a hacer merecedora a la marca de su niñez de un lugar destacado en las salas que componen el sector Lobos con piel de cordero. Sólo cuando pausadamente circulan alrededor de la instalación percibiendo los pequeños detalles que la componen comienzan a sentir su gélida halitosis.

La base de la escultura está labrada en mármol rosa que, alveoladamente, finge ser un mar de corazones despedazados. Gajos del mismo material parecen estar resbalando constantemente desde la cúspide, donde una masa de ferrofluido en constante y agitada metamorfosis va adoptando distintas formas animadas que de retuercen grotescamente para resbalar pausadamente en forma de churretes hasta la base. El monumento parece un retorcido conjunto salido de la mente enferma de un escultor de catedrales góticas, pero cuando se lo lleva observando unos minutos se puede comprobar que es ridículamente simple. Quizá demasiado simple. Es entonces cuando uno recuerda que el monumento funerario está inspirado en Disney.

Nadie derrama lágrimas por las bellas historias que Disney teje incesantemente. Todas son inmaculadamente perfectas. Todas llaman a nuestra inocencia perdida. Todas nos hacen pensar en cuando creíamos en un mundo maniqueo. Aquellos que lloran lo hacen por la maquinaria que tritura todo ello. Los adultos que lloran ante el monumento conocen los añicos que dejan sus espejismos. Ven sus corazones apilándose en la base del monumento y es entonces cuando perciben que hay algo más bajo su el vientre de la instalación. Bajo el mármol rosa se puede apreciar como lentamente este se va deshaciendo en gotas de un líquido dorado que se filtra hasta el suelo formando un remolino que engulle un desagüe.

Cuando el visitante mira quedamente tras los grasos riales y las lascas de marmol rosa del caparazón del monumento se sorprende de ver una macabra maquinaria. El sistema funciona como aquellas máquinas de los bares en las que se tiraba una moneda desde una ranura hasta una plataforma en constante movimiento y repleta de más monedas con la intención de desencadenar una cascada de monedas cayendo hasta nuestras manos. Y sin embargo tiene algunas diferencias, como el visitante puede apreciar. Por ejemplo el flujo de monedas que cae en la catarata es constante. Uno intuye que procede del líquido dorado engullido por el sumidero del fondo del monumento. Otra diferencia es que las monedas no caen en nuestras manos sino que empujan bloques en los que se pueden advertir personajes y pasajes de historias reconocibles. Príncipes azules víctimas de adicciones y pulsiones, millones de princesas reviviendo una y otra vez sus sueños y sus pesadillas, animales terribles beatificados, robots rancios y rebeldes reaccionarios, superhéroes superheróicos, clásicos de la literatura, la música (oh, cómo vomita Disney monedas sobre la música, que torrente de banalidad), todo, cualquier cosa es empujada por las monedas para caer en un molinillo industrial que elabora una pasta que se regurgita hasta la cúspide del tinglado. Mas nada escapa al poder que la realidad ejerce sobre Disney.

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Disney es el fast food del sentimiento. Tomando como modelo la escuela perversa del romanticismo, Disney ha elevado la sublimación de los arquetipos a un nuevo nivel que más quisieran Eurípides, Goethe o Lord Byron. Con un dominio del medio propio de un maestro, un gólem, un autómata o una inteligencia artificial, Disney es capaz de hacernos llorar por la más mínima veleidad que se le antoje. Podremos reír a mandíbula batiente por lo que ellos quieran. Podemos odiar lo que ellos deseen. Da lo mismo que sean patos parlantes, gatos cantantes, actores curtidos con mallas, naves espaciales o ratones dueños de perros. No hay situación por inverosímil, ficticia, retorcida y ridícula que parezca con la que Disney no se atreva ni trate de apoderarse. No hay inocencia de niño que pueda pasar la prueba de Disney sin mácula. Disney deja su impronta. Porque todos somos Disney. Son los dueños de nuestra cultura. Poseen nuestros sueños. Disney aspira a poseer toda la cultura global popular. Aterrador. Sobre todo si se escucha la melodía empalagosa que suena mientras se contempla el monumento del Panteón y que parece repetir me he convertido en Disney, el destructor de culturas.

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