Para el que no lo sepa, o no quiera reconocer que lo sabe, apuntaré someramente que es el tantra una disciplina eminentemente sexual que mediante la prolongación y el ensalzamiento de las dimensiones placenteras y sensoriales del intercambio amoroso se pretende progresar hacia la iluminación espiritual. Entroncado en el budismo y las religiones orientales, el tantra combina meditación y yoga con el buen y viejo ñiqui ñiqui. Ojo, no lo confunda con el kamasutra. Este último es un manual para exprimir las posibilidades del ñiqui ñiqui a través de la carne y sus flexibilidades. Pero el tantra profundiza en el impacto espiritual de las sensaciones del intercambio amatorio y explora el manejo de la energía sexual con el fin, esta vez, de exprimir las posibilidades del ñiqui ñiqui no sólo en el cuerpo, sino también en el alma.

El tantra intenta avanzar hacia la luz perfeccionando aquello que habitualmente sucede en penumbra, utilizando para ello la energía sexual que, según su doctrina, fluye en nuestro interior mientras se practica el juego. Es el orgasmo para los doctos en la materia tántrica una petit mort también mística, por lo que sus practicantes deben evitarlo a través de su dominio. La explosión orgásmica pone fin al flujo de energía y por ende al viaje espiritual, así que es imprescindible conocer y asimilar las técnicas adecuadas para convertirse en amos y no en esclavos. El magisterio de la disciplina permite mantenerse en situaciones cercanas al éxtasis durante prolongados periodos.

Para el que no lo sepa, Naoki Urasawa es un autor de cómic japonés, manga. Reconocido escritor y dibujante de obras importantes como 20th Century Boys, Master Keaton o Monster. Urasawa no es un autor al uso.

Su dibujo se aleja de los cánones estandarizados del manga de usar y tirar que inunda los kioskos nipones y chorrea a lo ancho y largo del globo. Los rostros de los tebeos de Urasawa son distintos. No tienen ojos hipertrofiados ni son señores Potato de intercambiables facciones. Como dibujante, Urasawa despunta desde la sencillez de un estilo muy propio. Nada de fotografismo ni de 5 minutos por viñeta que tengo una entrega esta tarde. Trazos claros y definidos, planos perfectos, amplio conocimiento de la teoría cinematográfica hecha lápiz, de la composición pictórica y del medio secuencial. Lo tiene todo, lo sé. Quizás el más franco-belga de los japoneses, un dibujo de Urasawa parece sólo de Urasawa.

Como guionista también es especial. No se regodea en el Japón medieval, la mitología local, la aberración fantástica ni otros temas magreados hasta la saciedad. Magreo, eso sí, lejos del bochornoso panorama popular de márveles, decés y émulos con espinillas en el corazón.

A veces Urasawa se encuentra con Tezuka allí donde ambos dejan de ser lo que son. Quiero decir que se parecen en sus aledaños, en ciertos personajes, en ciertos pasajes que caminan desde la levedad al abismo. Totalmente imprescindible es Pluto, donde Urasawa lleva el universo Astro Boy de Tezuka a su parcela, para regocijo del que escribe.

También les une una cierta germanofilia, o al menos una fascinación por Alemania. Adolf y Monster son prueba de ello. Fascinación nada infrecuente en la historia del manga y anime japoneses. No hay que olvidar todo lo que tiene de alemán más de un mundo Ghibli. Especulo que escribir de Alemania en Japón puede ser como dejarse caer en un diván y abrir la caja de la gloria y el espanto. Pocas naciones tienen tanto en común, a pesar de las apariencias. Pero más allá de Tezuka, las historias de Urasawa parecen sólo de Urasawa.

Sus temáticas, localizaciones, personajes y épocas pueden ser radicalmente heterogéneas, pero si escribo este artículo sobre Urasawa es porque el japo, sin ningún resquicio para la duda, es el definitivo, total y absoluto maestro del suspense en el medio. Urasawa sabe cómo combinar dibujo y guion para lograr un estado de tensión que no he observado en ningún otro autor de tebeos. Sabe cómo ir cargando el argumento con pinceladas misteriosas, silencios, dudas, sordidez, sabe cultivar la sensación de peligro como nadie. Lo hace a través de la composición de la página, de la selección de la viñeta y de la distribución en la historia. Es tan bueno creando tensión y manteniéndola que he llegado a la conclusión de que esa es su mejor virtud. El chasco del remate no me ha sido ajeno ni aislado. Pero esos momentos previos de tensión en los que cada viñeta no puede ser ignorada, esos planos de trazos tan cuidados que me los imprimiría y colgaría en la pared si pudiera escoger sólo uno. Es por todos esos momentos camino del orgasmo de tinta y papel en el noveno cielo por lo que Urasawa merece ser recordado. Las expectativas que sabe crear son tan descomunales que, cuan sabio aprendiz del tantra, uno debería saber detenerse antes de la última página, de la última viñeta, y volver a leer la obra desde el inicio. A fin de cuentas vamos a los que vamos, ¿no?

Puede echarle un ojo al documental de abajo para conocer un poco más a Naoki Urasawa.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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