Hay cosas de viejo que se arrastran desde la más remota juventud. Una de estas cosas son mis hábitos de lectura.

La literatura me ha apasionado desde tiempos bien mozos. Desde los libros de aventuras de mi niñez a los clásicos consagrados de mi juventud fui depurando mi selección.

Estudiando el bachillerato di con una enciclopedia que hablaba de libros maravillos que algún día, sin duda, leería. Ni corto ni perezoso devoré aquellá enciclopedia y extraje una lista que aún conservo y que recogía cerca de 200 títulos.

No tardé ni un año en ir posponiendo algunos de esos libros de manera indefinida y posteriormente, haciendo cuentas, calculé que, con mi estilo de vida, necesitaría varias reencarnaciones para poder leerlos todos. Además, algunas de esas magnas obras de arte eran ladrillos insoportables.

Quede claro que, muy al contrario de los críticos profesionales, nunca he pretendido clasificar los colores de bonito total a feo de la muerte. Aunque también comprendo que hay elementos objetivos que trascienden las veleidades del gusto. Doy por descontado que esas obras de arte poseen prendas suficientes como para formar parte de enciclopedias de la literatura. Su impacto histórico, la introducción de nuevos conceptos, el uso de un nuevo recurso,… pero descubrí que, siendo cada libro fruto del espíritu y talento de su autor, no todas ellas me iban a gustar. Algunos de esos conceptos y estilos me parecían superados y aburridos.

Ojo, no estoy hablando de antigüedad. Mi libro favorito sigue siendo Don Quijote, y adoro el Lazarillo, el Mío Cid y el Ulises, pero no puedo con la Celestina o con Fortunata y Jacinta.

Fue de hecho con Fortunata y Jacinta con la que adopté la decisión de las 100 páginas. Tenía que leer el libro porque era parte del temario académico y formaría parte de una prueba. Desde el inicio me aburrió solemnemente y fui sufriendo cada página hasta llegar a la página 100. En ese momento decidí que prefería suspender el examen a tener que leer un garbanzo más de Don Benito.

Desde entonces es lo que le doy de margen a un libro. Si en 100 páginas no me ha conquistado ya nunca lo hará. Lo cierro y algún otro lector sabrá sacarle el lustre que yo no supe.

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