Júbilo

La Mala X

La comida para celebrar que Carmela colgaba los hábitos laborales fue el evento del año. Además de la tropa, también quisimos invitar a amigos de la familia, por lo que nuestra modesta choza no daba de sí para albergar el número final. Así que me fui a hablar con Paqui y Adolfo del Gengis y acordamos un menú que más quisiera un cinco tenedores y que nos prepararon en el salón de adentro. Como éramos muchos, el ágape fue mayormente de pie, con provisión de sillas y mesas aparedadas. En este tipo de celebraciones, si te sientas a comer formalmente, acabas con tortícolis y agujetas de tanto levantarte para hablar con este o aquel y girar el cuello cuando te vienen por la espalda o te llaman desde la otra punta de la mesa. Además de tener que asentir a to quisqui aun cuando no has entendido si lo que te gritaba el tío Alfredo era sobre fútbol o sobre la lozanía de los nietos.

La fiesta estuvo estupenda y como era de esperar acudieron Lino y Fini y el resto de la familia Gil Menéndez: dícese Doña Antonia, madre de Fini y esposa de Lino, y la otra hija de la pareja, Con (de Conmemoración no de Concepción). Estas dos últimas, envaradas y a disgusto, hicieron mutis por el foro con una excusa digna de olvido, a cuya dignidad he hecho honor. Eso sí, dejaron una ristra de reproches en serie a Lino y Fini antes de abandonar la fiesta.

—Bueno, nosotras nos vamos que tenemos que blablabla. Ay Carmela hija, qué bien la jubilación, ahora a tomarte la vida con más relajación, con tu pensión y todo pagado. Un lujo. No como Fini que lleva camino de acabar debajo de un puente. Tú lo que tendrías que hacer es dejarte de tus tonterías y estudiar una oposición o meterte en algo seguro, pero su padre no hace más que animarla. Él la ha malcriado toda la vida. Y así ha salido —Y mirando a Fini—. Mira a tu hermana lo bien que le va. Algo sólido y menos zarandajas. Tienes la cabeza llena de pájaros. No sé qué he hecho mal contigo. Bueno, sí lo sé que …
—Déjalo mamá, que luego te duele la vesícula. No merece la pena.
—No lo dejo porqué una no para de …

Fini puso la mueca de sonrisa amarga que ya le había visto en otras ocasiones mientras que a Lino ya le daba vueltas el chivato de la olla express. Gracias al cielo que Jodini, seguramente huyendo de alguna conversación descafeinada o muy cargada, sobrevolaba los aledaños y su piloto de escaqueo al rescate se encendió.

—Disculpadme que me lleve a estos tres de aquí— siendo yo el tercero en concordia— pero Adolfo me ha encargado decir que son requeridos en la barra.

Y ya lejos del horizonte de suceso del bidemonio de agujeros negros espirituales familiares, y al amparo de la barra sita al otro lado de las cortinas del salón, Jodini dijo algo así como Adolfo, cuatro chupitos de tila concentrada. Si no tienes nos hacemos a la idea con cuatro palicrems, por favor. Me salgo fuera a fumar que mi mujer me está buscando. Jodini no fuma, se esfuma.

Y así me quedé tomando un respiro en comandita con Lino y su niña. Nada trascendente. Ni volví a meterme donde no me importa. Las sonrisas volvieron al rostro y compartimos un ratito muy agradable coronado por Fini.

—Contigo quería hablar yo —me sobresaltó. En mi irremediable sufrimiento por todo y todos, temí que mis cotilleos hubieran llegado a sus oídos y se hubiera enojado. Ella me había dado vía libre para indagar a mis Carmela y Maricarmen, pero a su padre, pensaba yo… me había pasado tres pueblos. Seguro que no se había dejado caer por casa porque se sentía a disgusto conmigo. Pero no. No era eso. —¿Recuerdas que te dije que un día te presentaría a la Námara?
—Como si fuera ahora mismo. Ese tipo de cosas no se me olvidan así como así.
—Pues tengo una reunión con ella el próximo jueves. ¿Por qué no te vienes, te enseño la oficina y te la presento? Y si está de buen humor y le caes bien, pues igual hasta nos vamos a comer con ella.
—¿Dónde hay que firmar? Eres la hostia Fini. —Rió ante mi expresión.
—Lo hago por interés, no te creas. Pa empezar me debes un caldero a mí y a este señor que es mi padre, y la cosa no se puede demorar mucho.
—De aquí a dos fines de semana si os viene bien. El fin de semana próximo tenemos lío.
—Segundo. Bueno, lo segundo ya te lo comentaré cuando vengas a verme a la oficina. Te dejo con la intriga y así le das al tarro, que te conozco.

Chachareamos unos minutos más. Lo justo para acabar el palicrem y que Jodini entrará por la puerta hecho un basilisco.

—Joder, la de pesaos que hay por todos los lados. No sé qué carajo tengo en la cara que atraigo a los plastas. Ya no puede uno ni fingir que fuma tranquilo —sonrió equinamente—. Amos pa dentro.

Nos incorporamos al jolgorio en el preciso instante en que las martas del hogar de los Gil Menéndez, ya panchas de rencores, se dirigían a la puerta, arrastrando a Lino en su irresistible riada con un ¿dónde estabas tú? vámonos e ignorando a Fini, dejando un reguero de paz y serenidad en su ausencia.

La comida se alargó hasta bien entrada la tarde, cuando los más rezagados se vieron en la obligación de volver a sus rediles a dormirla o cenarla. Fini se fue a casa de Maricarmen a matar el día. Y cuando ya caía la noche, tras picotear algo más en el Gengis pa no ensuciar en casa, Carmela y yo, con ojillos y alma chisposos nos fuimos dando un paseo hasta casa. Ese paseo nunca se me olvidará. Fue el paseo de nuestra vida.

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