Barriendo a Superfini

La Mala IX

Tras la charla con Lino y especialmente tras la postrera con mi hija, me quedé sin fuerzas ni intenciones de seguir metiéndome en la vida privada de Fini. Mi vida cotidiana enterró el recuerdo de Superfini. Me conformaba con pensar que probablemente su éxito fuera principalmente laboral o hubiera dado algún escarmiento verbal a alguien que se lo merecía, exagerado el logro por las chicas de mi casa.

La rutina doméstica plácidamente volvió a tomar el control sobre mi vida. Aunque nunca había dejado de lado mis quehaceres cotidianos la comezón literaria que siempre había arrastrado había dado alas a mis fantasías más casposas e incluso tenía algunos conatos garrapateados que esos días arrojé a la basura sin remordimiento alguno.

Y creo que debo aclarar que cuando digo mis quehaceres cotidianos me estoy refiriendo a que yo era el que llevaba la casa. Mi profesión eran mis labores. Carmela era la que ponía el pan en la mesa desde hacía más de tres décadas. Hasta aquel pretérito entonces yo había estado flirteando con varios departamentos creativos de distintas empresas pero nunca había dado con algo que me llenara profesionalmente ni había obtenido una estabilidad que compensara la precariedad emocional. Nunca he conocido eso que la gente llama vocación. Bueno, siempre me ha gustado escribir y se me ha dado bien, y he tenido un buen caudal de imaginación, pero nunca he tenido demasiada fe ni confianza en mi capacidad para sacar adelante una obra digna que me diera para vivir. Pero mi paso por las distintas empresas me dejó un buen catálogo de amistades y contactos que durante unos años me proporcionaron trabajos esporádicos.

Así que digamos que mi situación era la idónea para poder cuidar de Maricarmen sin que mi trabajo se viera excesivamente afectado. Y ese fue el primer paso para convertirme en de profesión sus labores, aunque sólo el primero. No creo estar preparado todavía para poner en letras las minucias de la transición a amo de casa a tiempo completo. Tal vez otro día, en otra entrada, pero de momento necesito parar y pensar en ello, porque no fueron tiempos sencillos y en este quiero hablar de otras cosas menos complicadas.

Cómo iba diciendo, mis sueños literarios pasaron al rincón mohoso en el que habían estado durante décadas y mis días volvieron a colmarse de planchas, lavadoras, escobas, estropajos, mopas y aspiradores, alegrados con el solaz de los mercadillos y los fogones. Me tomaba en serio la receta de paseos matutinos medicinales para mantener el cuerpo engrasado a base de desengrasarlo, y hacía lo propio con la mente con vespertinas siestas y partida o tertulia en el Gengis. Allí coincidí con Lino en varias ocasiones pero el nombre de Fini no volvió a salir en la conversación, salvo para lo cortés.

Y como en esas películas antiguas en las que se ve el vuelo de las hojas de un calendario fundido en semitransparencia con una cadena de acciones monótonas de los protagonistas arrostrando vientos y lluvias otoñales seguidas por recias nevadas invernales, los meses fueron pasando sin que Fini se dejara caer por casa más que en un par de ocasiones. Nos contó que andaba muy liada en el trabajo pero Carmela le hizo jurar que al menos vendría a la comida de celebración de su jubilación que estábamos preparando.

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