Lino

La Mala VI

Y ahora voy a hacer una pausa para hablar de Lino. Avelino. Lino es el padre de Fini y camarada de bar. Me presentaron a Lino como Avelino tras la representación de Ninette y un señor de Murcia en el instituto, en la que actuaban Maricarmen y Fini. Sus primeras palabras fueron llámeme Lino.

El caso es que tras la representación tuve ocasión de parlar unos minutos con el chaval (es seis años menor que yo). Unos minutos que dieron para mucho. Lino es de un pueblo castellano castellano. Tan castellano que no quiero mentarlo para no ofender ni levantar especulaciones, pero digamos que está en el corazón de Castilla La Vieja, donde Castilla es más Castilla que la propia Castilla. Y como buen castellano, lo segundo que sacó a relucir orgullosamente fue que él era de su pueblo. Y casualmente, y hay que anotar que los castellanos de pueblo son muy dados a las casualidades y a los encuentros inverosímiles con sus coterráneos, yo conocía a uno del pueblo de Lino.

—Hombre, un paisano suyo viene mucho por un bar que yo frecuento —comenté yo.
—¿Cómo se llama? Mi paisano digo, no el bar. Tal vez lo conozca, a mi paisano —respondió en ese tonillo que usan los que en realidad piensan lo voy a conocer seguro porque me conozco a todo el pueblo.
—Le llamamos Carolo, pero no sé el nombre completo, eso sí, sé que el padre era ferroviario y estuvo un tiempo en Medina.
—Ese tiene que ser Carlangas el de los Agujas. Apenas he coincidido con él en el pueblo en los últimos años. Creo que está muy achacoso y depende de que lo traigan y lo lleven. Hombre, pues un día de estos me podría pasar a ver si coincido con él. ¿Dónde para el bar en cuestión?
—A cinco minutos de nuestra casa. Nosotros vivimos cerca del Hipersaldo de la Avenida Grande. ¿Lo conoce?
—Claro, ¿al Carlangas? sí, ya le he dicho que sí, ah, usted dice el bar, el bar no, no voy mucho por ahí, pero el Hipersaldo sí, paso por la Avenida Grande con el coche cuando voy al trabajo todos los días —Cabe puntualizar que, aunque Maricarmen y Fini iban al mismo instituto, las dos familias vivíamos en barrios distintos. No excesivamente separados, pero sí lo suficiente como para que las niñas dependieran de 15 minutos de autobús más la espera para verse y no hubiéramos coincidido jamás con los padres de Fini. Es lo malo y lo bueno que tienen las grandes ciudades—. ¿Cuándo le viene a usted bien? —devolvió la pelota.
—A mi cualquier día de cuatro a seis me viene bien. El Carolo y su cuadrilla suelen ir a echarse un mus a esa hora.
—Pues quedamos el próximo viernes a las cinco si a usted le viene bien. El viernes tengo jornada intensiva.
—Yo por mí encantado.

La visita tuvo resultado feliz. Lino se vino al bar conmigo en un día de debate castizo por no me acuerdo qué nimiedad en el que Lino se desenvolvió como uno más, se reencontró con el Carolo y estuvieron poniéndose al día de vivos y muertos, casas construidas, casas derruidas, hijos, nietos y sobrinos, recontando anécdotas y compartiendo unos tintos. Todo a la usanza más viejocastellana. Desde entonces, Lino, el padre de Fini, se deja caer por el bar al menos un par de veces por semana.

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