La gran solterona

La Mala VIII

Y Lino, tocado de gracia por el recuerdo de su Fini viró hacia la amargura en esto que he adornado o estropeado yo ahora y aquí.

En la mezquina y reduccionista mente de todos aquellos que piensan firmemente que Fini es tonta, el hecho de esté soltera suele ser considerado como una parte fundamental del cóctel de su estupidez o, tal vez, un producto de ésta. Pero no es que Fini esté soltera, dicen algunas, es que es la soltera por definición. Es la gran solterona.

Nada importa que muchos de los que piensan que su candidez le ha impedido fraguar una lazo duradero padezcan por sí mismos relaciones desbordantes de infelicidad, frustración y depresión maquillada con sustancias e infidelidades. Además, nunca ha parecido afectarles tales tristes circunstancias a la hora de sermonear, recomendar o ilustrar con el propio ejemplo. Nunca, a pesar de que Fini jamás les ha pedido consejo, ni llorado en el hombro ni echado en cara deslealtades, miserias ni orines. Pero siempre han ofrecido gratuitamente sus perlas de ignorancia manida y maniquea.

Estoicamente, Fini lo ha ido soportando todo. Mostrando su dulce sonrisa de ojos de miel. Diciendo un tienes razón de vez en cuando. Sobreviviendo a citas a ciegas imposibles. Riendo o sonrojándose con las bromas sobre su inexperiencia sentimental y sexual. Aceptando sugerencias sobre moda, estilos de vida, actitudes, gustos, qué se yo. Hay gente que adora dar consejos que a ellos jamás les han funcionado. Y es que están convencidos de que si no estás casada, tienes novio o pareja, algo está roto dentro de ti.

Mas como Fini es buena gente, muchos creen que no está hecha de la pasta necesaria para llevar adelante una relación seria o pasajera. No es capaz de mentir, de enfadarse, de amenazar almas con talentos, de simular. Fini es demasiado real. Dice lo que piensa cuando cree que debe decir algo. ¿Quién va a querer a Fini siendo así? ¿Un aprovechado? ¿Un mentecato tan simple como ella misma? Afortunadamente, maldice su madre, Fini se ha mantenido alejada de los hombres gracias a un mecanismo de repulsión natural que posee y que ejerce inadvertida y automáticamente sobre el sexo opuesto. Ello ha evitado que algún abusón se haya aprovechado de su ingenuidad o bobería, como su madre también afirma.

Y Fini, en su interior, lo escucha todo. Todo lo ve. Todo lo aprende. Todo lo asimila y, ¿puedes creerlo? nada le duele. Porque ninguno de esos conoce verdaderamente a Fini.

Las palabras de Lino despertaron en mi un profundo desasosiego. Lo que me había tomado como un entretenimiento banal y cotilla se adentraba ahora en terrenos embarrados donde Fini era objeto de un menosprecio que me revolvía el estómago y que no quería aceptar.

Tan turbado quedé que quise contrastar la historia con mi Maricarmen así que accidentalmente le hice una visita con no recuerdo qué excusa que no se tragó, ya que después de cinco minutos de inquieto rumbeo me dijo que me dejara de rollos y le dijera a qué había venido. Se lo conté. Y ella, secamente me vino a decir algo así como esto:

Lo que dice Lino es cierto, pero se agrava cuando se trata de los amigos comunes que tenemos. Tuve que tragarme cómo algunos decían en su ausencia que carecía de sentimientos, que era de hielo, que no tenía corazón. Otros que era frígida. Muchos otros carcajeaban groseramente cuando, expuesta su aburrida vida sentimental, alguien sugería que tal vez Fini fuera bollera. «Bollera no, pero sí entera,» alguna voz que la conocía algo más se prestaba a decir en ocasiones, para jolgorio de la distinguida concurrencia que confunde cantidad con calidad con papanática insistencia.

Y el caso es que no es fea del todo, decían estos. Sí, si tiene buen cuerpo pero no lo sabe lucir, comentaban estas. Pero si tiene sentido del humor pero es tan tímida, aducían aquellos. Pero si es que se sonroja cuando alguien dice culo, murmuraban aquellas. Si la mayor parte de las veces no dice ni mu, se quejaban todos. Está claro que las partes no hacen el todo de la casadera, asiente la generalidad maleva.

Hablo en pasado porque tras varios frenazos en seco y un ristra de miradas y cabeceos a sus bromas carentes de gracia dejaron de hablar de ella en mi presencia, aunque supongo que seguirán haciéndolo. Siempre me ha sentado mal ese tipo de comportamiento entre amigos. Me parece una falta de lealtad.

Pero todo esto lo sabe ella. Se lo he contado. Callarme estas cosas me parece que es convertirme en cómplice de los sarcasmos y frivolidades.

Francamente, tras esa conversación, se me diluyeron las ganas de saber más de la vida personal de Fini. Tras la fachada de mujer fuerte que me había ido formando en el coco, la Fini frágil que yo había adorado en mi imaginación volvía a escena. No quería ser partícipe de algo que pudiera herirla. Y eso intenté.

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