No he leído muchos libros más de una vez, pero este ha sido uno de ellos. Acabo de finalizar la segunda vuelta de Vacas, Cerdos, Guerras y Brujas de Marvin Harris con reiterada satisfacción y quiero hacer notaría del hecho.

Marvin Harris fue un antropólogo particular y capital para la disciplina. Su materialismo cultural permea la obra llevando el análisis de los fenómenos culturales más allá de la especulación lega de tapa y tertulia donde tan confortablemente lleva viviendo desde que los bares son bares. Es en esta última corriente de pensamiento destructivo donde el que escribe esto se inscribe. Pero como es Harris y el libro ha tenido el pecado de dejarme mudo en dos ocasiones, mejor leer y callar, que hubiera dicho el novio de la ratita presumida de haber sido lector a ultranza a sabiendas de que el casorio se le desmoronaría.

Y tralaralarita Harris limpia su casita y muele en el mortero de su pragmático entendimiento baluartes culturales como el tabú hacia el ganado vacuno en la India o el papel de la guerra en determinadas tribus, para devolvernos explicaciones complejas y enrevesadas pero de una claridad inapelable. Cuando te lleva a donde él quiere, acabas por comprender que casi seguro que tú no tienes razón sobre esa idea que acodadamente has discutido demasiadas tardes con otros pavos de similares charreteras.

Mas no vaya a componerse que el libro es un sesudo jeroglífico únicamente al alcance de mentes privilegiadas. Harris sabe dotar de interés su prosa y la lógica que despliega está al alcance de quien domina con los ojos cerrados el uno más uno es dos. A pesar de no ser ficción, el escrito tiene su intríngulis. Harris describe culturas y ritos fascinantes, peculiares y terribles como la de los yanomamo, el culto del cargo, los potlatch, … Pero lejos de complacer posturas supremacistas de sonrisa ladeada del tipo esos salvajes o aquellos iluminados, a mi me ha llevado a sentarme en los sillones más incómodos del complejo sociocultural en los que se posan nuestros culos occidentales y, mucho más turbadoramente, a ver lo tremendamente equivocado que he estado a lo largo de mi vida, eso sí abriéndome un adusto horizonte de incertidumbre y desazón. Genio y figura.

La guerra, la delación, los héroes, los valores, los mesías, los guerrilleros, los ritos, el mileniarismo…, no todo se desentraña en el libto, pero mucho sí se vislumbra. Mucho de lo que se esconde tras las ideologías, las motivaciones y las respuestas de gentes y pueblos ante los desafíos de la vida pueden ser rastreadas hasta fenómenos mistificados y mitificados, o banalizados, por la pluma y la espada. Harris, preclaro y reductor, le pone proteínas, clima y cálculo calórico al asunto para avanzar en los enigmas. Las más nobles e innobles causas aparecen atadas a nuestro acervo físico y químico. No puedo evitar que Dawkins, sus genes y sus memes me salten al magín.

El libro te lo zampas en dos sentadas y disfrutas con bobaliconas dendritas hertzianas cada extravagancia de tipos en taparrabos o antiguos con aficiones exterminadoras y redentoras. Yo no se lo recomiendo a nadie y además podría decir algo como «y menos en estos tiempos de guerras y epidemias que corren». Pero con Harris ves que en realidad no hay tiempos más especiales que otros. Ni los grandes mitos son tan míticos. Si quiere leerlo, allá usted. Es inmaculadamente perfecto y lo disfrutará si es inquieto. Pero si le pasa como a un servidor, seguro que se encontrará a la postre pensando en más de una ocasión que qué poquita cosa somos los humanos y que no tenemos solución. Advertido queda. No me culpe luego que yo no tengo remedio yo ya me lo he leído dos veces.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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