Las riquezas de el POLLO se extienden más allá de las limitaciones de sus sentidos para entrar en el campo de la poesía, la mecánica cuántica y las supercuerdas, e incluso del furgol. Si no sabe de qué estamos hablando, hágase un favor y lea un poco a Hernández, estudie física o déle al bolapinrel, alma de cántaro, que no puede ir por este mundo sin saber qué es la teoría del todo o al menos la teoría del casi nada. Además de esas joyas, también somos poseedores de una ambición desbocada que nos hace tratar de acumular más de lo que nos cabe en nuestros bolsillos mentales, espirituales y corpóreos. Pura gula de necio.

Y sin embargo en el POLLO desdeñamos las riquezas materiales por varias razones. En primer lugar porque somos totalmente incapaces de dominar sus artes en una combinación de estulticia endémica combinada con una profunda manirrotez. También endémica.

En segundo lugar porque somos portadores de naturalezas envidiosas y vengativas, por lo que preferimos verter mala baba sobre todos aquellos y aquello que nos caen mal y disfrutan de todas esas cosas tan fuera de nuestro alcance en lugar de seguir sus ejemplos. No lo podemos evitar. Mmmmm. Sí, sí que lo podemos evitar, pero ¿pa qué? Alguna desventaja tienen que tener las mercedes que el altísimo ha otorgado a los más afortunados. Nosotros somos esa desventaja. Puros celos envenenados. Y poner a parir a los guapos y ricos da un regustín que no veas. Sabemos que muchos de ellos nos acusan de ser sólo unos taimados acomplejados pobretones repletos de envidia. Nos tienen calados.

Por último desdeñamos las riquezas materiales porque, en verdad, en el POLLO somos gente con un apetito material saciado. ¿Pa qué un tercer Lamborghini? ¿Quién quiere otra mansión a pie de playa? ¿No acaba hartando tanta gamba roja plancha y tanto pata negra? Nos planteamos en el POLLO estas cuestiones y así vivimos felices con nuestro cuatro latas de quinta mano, la chocita de alquiler con más humedades que la camiseta de Nadal y nuestra pizza precocinada.

Además, en el POLLO nacimos para herederos, no para empresarios. Lo nuestro es dilapidar fortunas no meterse en las zarzas del emprendimiento empresarial. Cuando oímos las andanzas de esos titanes de los negocios que pueblan los sueños y pesadillas de tirios y troyanos nunca nos hemos sentido inspirados ni llevados a intentar emularlas. Nunca hemos ansiado las dotes del regateo de esos chulitos de piscinas pecuniarias, sino las piscinas. Jamás nos ha fascinado que se dejen la vida en despachos, operaciones arriesgadas y turbios trapicheos ni que se peguen madrugones insensatos para meter otra bolsaca más en el doble fondo del armario ropero. Naaa, en el POLLO somos más de invitar a los amigachos en el bar de la esquina, irse de farra sin tener que pensar en el día después, de no tener que mirar el precio de las etiquetas ni tener que actualizar la cartilla del banco para ver si nos ha llegado la pensión.

Pero dejémonos de disquisiciones superlativas y superfluas y vayamos al grano.

En el POLLO no podemos consentir que se siga usando la palabra billonario tan veleidosamente como se viene haciendo. La propia academia española (le encanta que le llamen asín), en otra flagrante exhibición de claudicación cultural, tiene reconocido en su diccionario que un billonario es alguien forrao. La acepción reza asín: Que posee un billón de unidades monetarias, o más, o que es muy rico. Nadie posee un billón de unidades monetarias si hablamos de billones castizos. Quizá algún Estado alcanzaría la cifra si incluyera la riqueza privada de sus súbditos o la liquidación de bienes intangibles. Todo el dinero en circulación en el mundo de cerca de 40 billones, si los datos de esta web son correctos. Pero la RAE admite que un billón puede ser tanto 1 millón de millones como 1.000 millones, con lo que el cacao está calentito y listo pa ser ingerido. Y sin embargo no existe trillonario, pero sí trillón, y también acepta la definición imperial del trillón, además de la internacional. Chachos, agárrense los machos. La cosa está lista pa que, ponga usté lo que ponga, defina usté lo que defina y caracterice lo que caracterice, to vale. ¿Es Pepito billonario? Sí, tiene 5 millones de euros. Está forrao. ¿Es Pepito billonario? No, es millonario, sólo tiene 5 millones de euros. ¿Es Pepito billonario? Pisha, no hay ningún billonario en este mundo. ¿Es Juanito billonario? Sí, tiene 20.000 millones de euros. Guau, como Pepito. Vaya par de billonarios.

Como vemos, Pepito y Juanito son el mismo tipo de millonario o totalmente diferente para el DRAE según se levante usted esa mañana. Pa ellos la perra gorda.

Pero en el POLLO no podemos consentir tal arbitrariedad. Nos da ardor de estómago. Así que hemos decidido salir una vez más en ayuda de los probes académicos y proponemos a nuestros seguidores que desde este momento se lancen al goce de usar la palabra millardonario. Si nos metieron millardo con calzador, cuando no era tan difícil ni enigmático ni largo el decir diez mil millones, ahora que apechuguen con sus vástagos morganáticos. Sea un millonario el que tenga entre 1 y 1.000 millones y millardonario el que tenga entre esa cantidad y un millón de millones. Tenga en cuenta que esa gente forrada es melindrosa y de pleito fácil y se pueden sentir ofendidos con el vuelo de una mosca si no muestra el debido respeto ante su magna presencia, ¿o es que no ha visto usted cómo se las gastan en las películas? No vaya a comparar usted a Bezos con su vecino el sospechoso. Todavía hay cuentas y cuentas.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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