Y de repente un día llegas a una sala a ver una película de un ciclo que une samuráis, kung fu y western, y tras cinco minutos ves que está bien hecha, a los diez descubres que tiene un guion inteligente, y a la media hora ya eres perfectamente consciente de que estás viendo una de las mejores películas jamás hechas. Eso me sucedió ayer con Harakiri, una película de samuráis del director japonés Maski Kobayashi. Todavía me vibran las sienes cuando la recuerdo.

No voy a repasar aquí datos del filme, que usted puede encontrar en otras páginas, pero dejo este enlace para que profundice más en ellos si le pica la curiosidad. Tampoco voy a revelar nada del argumento. Creo que ya he comentado en este blog que soy un enemigo acérrimo de esa tendencia en expansión de no dejar que te cuenten una película. De no querer saber qué pasa en absoluto. De la exaltación de los giros argumentales a niveles de tabú. No la voy a no contar por temor a chafársela a alguien. Simplemente, si eres parte de la hueste de la que hablo ya te digo que no te va a gustar. Cierra la página y ponte a leer sobre las excelencias del último bodrio Marvel. Simplemente no la voy a resumir porque desde mi tierna infancia he odiado que me manden escribir resúmenes. “Leeros el capítulo cuatro y me hacéis un resumen”. Escribir argumentos de películas me suena a eso. Me dan ganas de hacerme el harakiri con solo pensar en ello.

Pero volvamos al turrón. En la soledad oscura de la sala, ya desde el primer momento, el Harakiri de Masaki Kobayashi se muestra solemne y trágico. El constante vaivén de su trama nunca se sale de esos términos y está glorioso y endemoniadamente hilvanado. La interpretación de los actores es inmaculadamente certera. Teatral en ocasiones pero de manera natural. Cualquier persona despierta que haya pateado Tokyo probablemente habrá sido testigo de las peculiares y hieráticas pero efusivas muestras de educación de los nipones, sitas en las antípodas de nuestra caótica tendencia a la improvisación y el campechanismo.

El ADN social de los japoneses incluye grandes reatas de convenciones y escenificaciones de las más variadas interacciones sociales y el mundo del Japón guerreante de la época de los samuráis es quizá su exponente más notorio. Es por ello que la teatralidad de la película, ubicada en la primera mitad del siglo XVII, no tiene la atmósfera de las tablas que desprenden otros filmes occidentales, sino que disfruta de un lenguaje propio fluido en el que se desenvuelven unos personajes dotados de una densidad e inteligencia poco comunes. Un lenguaje rico en silencios y sobreentendidos. Donde cada palabra, cada sonido tienen significado. Donde cada gesto es cuidadosamente medido. Donde el honor y la muerte se ponen en balanza en cada verbo. En cierto modo recuerda a esa hidalguía rancia hispana del Lazarillo que tanto mal nos ha hecho a pesar de nuestra concupiscencia hacia ella. Y todo eso está mostrado en Harakiri. Pero no como fin, sino como medio para la historia.

Al mismo tiempo que el argumento se va desarrollando con ritmo cadente e incesante, acabas por confirmar que Harakiri, probablemente junto con algunas otras perlas de ese cine clásico en blanco y negro preñado de vanguardias germanas, es una obra maestra de cinematografía. La composición, la iluminación, los encuadres, la profundidad de campo impecablemente ejecutada. Todo está perfecto. La violencia cruda, la tragedia a carne abierta, por dios, no había visto una película tan desgarradora desde el inicio de Salvar al soldado Ryan y no he visto una película tan buena desde hace décadas. Quizás desde que vi La Noche del Cazador. Sin exagerar.

Harakiri de Masaki Kobayashi es mejor que Salvar al soldado Ryan (gran película también) y que muchas otras por un buen saco de razones, siendo a mi juicio la mayor de ellas el tratar al espectador como inteligente. En Harakiri uno se lo tiene que haber currado. Cuanto más cine bueno haya visto más disfrutará Harakiri. Cuanto más escuche y vea, más comprenderá. Cuantos más sólidos sean sus basamentos personales en más selvas morales se meterá viendo esta cinta. Selvas de esas a las que usted, amable lector, al que yo también considero inteligente, no le da miedo entra.

¿A qué está esperando? Véala por dios.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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