El palabro no es mío. Y aunque pueda parecello, tampoco es del Guaja. Fue Lara de Alba, el sindicalista, el que la me la descargó cuando nos despedíamos el pasado jueves tras cruzármelo en la farmacia. El encuentro fue breve pero intenso.

—Poeta, ¿has visto la que está cayendo con lo de la luz? Como si no tuviéramos bastante con virus, corrupciones, paros y otras calamidades. Esto no puede seguir así. Hay que hacer algo con todos esos mangantes. Me voy que tengo hora con el callista. NacionaLUZación poeta, nacionaLUZación. Con LUZ en mayúsculas. NacionaLUZación— No pude por menos que echar una sonrisilla efímera por la expresión.

Dos esquinas más tarde me topé con Don Aurelio sentado en un banco en la calle enfrente del Hipersaldo.

—Hombre, ¿qué hace usted aquí con la calor que cae?
—Calla. Acércate. Mira que el banco está justo delante del supermercado y mientras la gente entra y sale se escapa el aire acondicionado y se está aquí la mar de fresquito.
—Pero hombre, ¿es que no tiene usted en casa?
—Síiiii, pero al precio que está la luz y como yo soy el único que está en casa todo el día, no quiero hacerle gasto extra a mi hija, que ya tiene bastante con cargar conmigo.

La combinación del sindicalista y Don Aurelio me dejó una resaca en el cuerpo que fluía entre el encabronamiento y el descorazonamiento. Lo cual pagué en la siesta. Lo sé. Imperdonable. Justo cuando estaba a punto de caer en los brazos del primo castizo de Morfeo se me vino a la mente la palabreja … nacionaLUZación … y el dios del sueño se esfumó. Me puse a divagar sobre la tendencia del precio de la luz hacia el infinito y volví a echar de menos las grescas cerveceras en las que se hubiera ajusticiado la cuestión en su injusta medida como los torquemadas de barra que somos.

Pero en la soledad de mis sábanas artificialmente frescas se me vino a ocurrir que lo de la nacionalización de la electricidad no era tan mala idea. A fin de cuentas, si la inefectividad y el lastre para la Administración Pública que había supuesto el sector eléctrico habían sido el detonante para su privatización, como dicen los de las pagas vitalicias, o la excusa para el pillaje, como dicen los incómodos, lo que había quedado patente es que el cambio de manos no había mejorado dicho problema. Es más, su nuevo engranaje sólo complacía a los que se habían hecho con las contratas y sus allegados, con una definición muy amplia de lo que supone ser un allegado de una compañía eléctrica.

Si usted es de los que disfruta hurgando en las heridas de la historia y quiere hacerse mala sangre tiene material de sobra en internet para profundizar en las raíces del desaguisado. Pero, aviso para navegantes, si es usted del Real Madrid o del Barça de escaño y mitin se va a llevar un chasco porque el contubernio se mantiene empatado a la sazón de variopintos colores, olores y sabores. Pues parece ser que la principal utilidad de la privatización de las eléctricas es dar puerto franco a la clase política y los mentados allegados cuando se cansan, ellos y/o los demás, de gastar palmito y pecunio de lo público y deciden aparcar en ese tinglado que crearon y mantienen. El Picao siempre dijo eso de que “si sólo mangaran ahí pues incluso lo podríamos tolerar, pero es que no tienen fondo”. Don Aurelio le dijo tú eres gilipollas. El Picao asintió.

Volviendo a los de los enchufes, oiga usted, me huele a mí que el invento no tiene ninguna otra ventaja. El déficit público va su bola. Es decir, desde la privatización ha ido para arriba y para abajo según factores que no parecen tener mucho que ver con la privatización de la energía, según se puede intuir en estos datos de Expansión. Ojo al dato, que no parecen tener mucho que ver. Así, en cursivas. Por que estoy convencido de que un sesudo estudioso de la cuestión podría sacar conclusiones más dramáticas de cómo el impacto de la privatización ha repercutido en nuevos desequilibrios presupuestarios y afectado al consumidor y la tierra en la que vive. Pero no soy yo ese tipo de estudioso, lamentablemente para la verdad y el conocimiento, y afortunadamente para la presión arterial de este menda y sus posibles lectores.

Sin querer meterme en profundidades insondables para las cuales no se creó este blog, lo que está claro es que el sector eléctrico se puede definir como una gran chapuza. La luz supone hoy en día, como decía un profesor mío hablando del precio de algún manual de consulta, un dispendio en exceso oneroso. Su calidad, no sé si mejor o peor comparada con antaño, es mejorable como repetidos y canónicos apagones nos vienen a recordar periódicamente. El fundamento moral bajo el que operan sus huestes es más que cuestionable. La lectura de las últimas noticias sobre el vaciado de pantanos en plena ola de calor para sacar tajada produce en una persona sana, cuando menos, una gran arcada. ¿Qué fue de la responsabilidad social de estas empresas?

Conoce a tu enemigo. Especialmente cuando tu enemigo dice ser amigo tuyo y estar a tu servicio. El enemigo es tributario de muchos, más no de sus usuarios. Sus usuarios somos público cautivo. No tenemos otro remedio más que consumir lo que ellos nos proporcionan. Con herramientas y recursos creados con el esfuerzo del público. Sacando partido a infraestructuras que no podrían haberse costeado ellos mismos. Y no hay alternativas, a pesar de que esa fuera una de sus cacareadas ventajas. No hay competencia que haga rebajar el precio y la colusión contra el público parece estar a la orden del día. Pero entienda que todo eso venía con la privatización.

No tengo nada que objetar ante el proceso de la privatización en sí. Me adhiero totalmente a su definición en el Tesoro Candoroso de este mismo blog. Pero no todos los servicios públicos son iguales. El cobro de facturas puede mejorar si la efectividad del proceso va unida a su rentabilidad económica. Probablemente privatizar la política también mejoraría el resultado final si su rentabilidad también fuera unida a su rendimiento. Pero sectores como la enseñanza, la sanidad, las pensiones o la energía, en los que la calidad final del producto tiene una difícil compensación económica debido a su naturaleza subjetiva, se ven drásticamente zarandeados por los pusilánimes vaivenes del mercado y sus miembros. Privatizar un servicio público cambia el producto. Si proporcionar electricidad supone que unos abuelitos puedan poner la calefacción o el aire acondicionado cuando lo necesitan nadie va medir que no van a coger una pulmonía o que no les va a dar un golpe de calor que se los lleve al otro barrio. La privatización hace que lo que importe es lo que se les puede sacar a los abuelos antes de que la casquen y así mostrar a los accionistas un bonito balance de resultados que impulse la cotización de la compañía en Bolsa. Un chalé más al saco. Un borrón más a la decencia.

Y podría seguir y seguir y seguir, pero el tema ya me ha quitado la siesta y puesto cara de mala leche para el resto del día. No sólo tengo a Don Aurelio quejándose del precio de la luz y dudando de si poner el aire acondicionado ante los cuarenta grados que están cayendo, sino que mi mujer ya me ha hecho tomarme la tensión tres veces hoy tras haber echado el menda leche por un colmillo al ver las noticias en la tele, leer el periódico y acordarme del sindicalista. Sí señor. NacionaLUZación.

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