Esta semana Bezos se fue al espacio 11 minutos siendo el primero en algo relacionado con el espacio. No sé exactamente el qué ni me importa mucho, aunque parece ser que a él le ha colmado enormemente. He leído varios artículos en los que se analizaba lo que suponía dicho vuelo. El inicio de la era del turismo espacial, las ratas abandonando el barco, … A mí me da que lo hace sólo por figurar. Porque tienes que mirar en internet para saber qué millonarios había hace 60 años pero todo el mundo sabe quién era Yuri Gagarin o Neil Armstrong. Me da que el pájaro está en crisis y quiere dejar su impronta en la historia antes de que to quisque se olvide de él y sea carne de programas tipo Qué fue de … Cualquier día se casa con una mulata veinteañera, por completar el pack crisis de pureta a las puertas. Lea la historia en este enlace si es que no ha tenido suficiente atiborre o estaba de ejercicios espirituales o, tal vez como un servidor, no le veía mucho interés.

La cosa es que me vino bien que se hablara del tema porque me recordó que tenía que cerrar mi cuenta en Amazon desde hace unas semanas y ya por fin le he dicho hasta luego a Bezos y sus cosas. No crea que el despecho por no haberme invitado a la nave espacial me ha conducido a ello. Pero como Bezos estará preguntándose por qué me he borrado de su maravilloso catálogo de productos y servicios, pues aquí va mi explicación (y no me llaman con, ni sin razón, corazón loco, que ya nos conocemos).

Hace un año me compré un libro en Amazon y no llegaba y no llegaba y yo miraba y miraba mi cuenta para ver por donde estaba el dichoso libro. Y un día me salió un cartelito que decía algo así como “hay problemas con su envío, ¿desea esperar o que le devolvamos el dinero?” Incauto de mi dije que esperar. La siguiente vez que miré el estado del paquete el cartelito decía que ya no llegaría jamás y que mi fecha para la devolución se había pasado.

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Envieles un correo quejándome de que yo no había recibido nada y que, si se encontraban sin fuerzas para enviarme el libro o les venía mal ir a correos, al menos debieran tener la decencia de devolverme el dinero. Su respuesta fue un correo visiblemente automático emitido por el proveedor que me tenía que enviar el libro y que es una tienda de libros de Estados Unidos. Les volví a enviar otro correo explicándoles que mientras ellos tenían mi pasta yo no tenía nada y que quedarse con la pasta de alguien sin dar lo que se había comprometido tenía varios calificativos soeces entre el vulgo y tipificados en cualquier código penal que se precie de serlo.

Ni cortos ni perezosos me volvieron a enviar el mismo correo que me habían hecho llegar con anterioridad y en el que se refugiaban en la letra envenenada de una excusa tipo, “si no pides que te devolvamos el dinero antes de una fecha pues te quedas sin él”. Eso se llama robo en mi tierra y no disclaimer. No debiera existir justificación alguna para que la falta de cumplimiento por una de las partes del contrato que supone una compraventa tuviera expiración temporal. A ver si un tendero se queda con tu pasta y te dice, “lo siento, el paquete de leche lo iba a poner en el mostrador pero he fallado. Sin embargo me quedo con tu dinero porque se te ha pasado la hora de pedirlo. A Santa Rita Rita.” Eso, obviamente, acaba como el rosario de la aurora. Pero claro, en los difuminados páramos del comercio al pormenor global con lobos americanos de por medio, el Santa Rita Rita vale. Y la ley lo respalda. Al menos alguna ley de no sé sabe bien donde. Para regocijo de los Monty Python.

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Falto de poder y atendiendo a mis cláusulas internas sólo he podido hacer pequeñas cosas desde mi berrinche. Cambiar mis páginas Web a otro proveedor distinto de Amazon, poner a parir a Amazon contando mi historia en cuanto surge el tema, buscar otra tienda de libros que me los pueda enviar (que conste que compro libros por internet porque no tengo otra alternativa) y una vez encontrada cancelar toda mi relación con el imperio del Bezos.

No voy a lanzar una diatriba contra el modelo Amazon, la bajeza de Bezos y de los millonarios del mundo, el turismo espacial o las implicaciones que tiene. Podría, pero no hay que ser ansioso y dejar algo para otros artículos. Además, estoy orgullos porque Bezos llevaba algo mío en su vuelo al espacio, porque la insignia esa que llevaba cosida en el chándal espacial se la he pagado yo. Aunque él no me haya enviado el libro.

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