La estupidez no tiene límites. Los carentes límites de la estupidez se amplían con el aburrimiento. El mejor juego es solo tan bueno como el peor de sus jugadores. Dicho de otra manera. ¿Quién no ha acabado haciendo el chorra y pervirtiendo el funcionamiento de un juego por hastío con el fin de sacar un poco de diversión donde ya no la encuentra? ¿Usted no? Yo constantemente.

En los juegos de rol siempre he elegido nombres estúpidos, las razas más raras y, contestón en la vida y en el juego, me he ido por los cerros de Úbeda y he perdido un tiempo estúpidamente luengo en explorar regiones ignotas que ni los desarrolladores (en el caso de rol digital) saben que existen, o que los gamemasters (en los casos de rol de papel y dado) no se han molestado ni en imaginar. Cuantas tiradas absurdas para intentar matar la mascota de un compañero de partida o para establecer el rango de placer de ficticias interacciones sexuales.

Siempre que me dan la opción de poder crear un personaje, sea un juego de rol, deportivo o de cualquier otro tipo de juego, me voy por los extremos. Trato de hacerlo enormemente gigante o diminutamente chico, o con cabeza gigante y brazos de T-Rex. Gloriosamente he pasado tardes muerto de la risa con mi jugador Giganto en el Pro Soccer Evolution. A Giganto, la cabeza del resto de jugadores le llega a la altura del pecho. No puedo evitar retorcerme viendo como tras un gol Giganto abraza el aire en la piña con sus compañeros. Estoy escribiendo esto y me estoy descojonando de recordarlo. ¿Ven lo que les decía de la estupidez? El aburrimiento de llevar con un mismo juego años y años da sus frutos. Podridos, pero frutos a fin de cuentas. Si no fuera por Giganto hace años que ya no jugaría a ningún juego de fútbol.

También recuerdo con delectación tardes intentando caerme del monopatín en el Tony Hawk. El juego consistía en hacerse los menos puntos posibles cayendo una y otra vez. Tengo que admitir que nunca gané. Tengo una amigo capaz de estar cayendo constantemente durante un minuto. Una proeza.

En fin, que sólo quiero que quede constancia que, en muchas ocasiones, la voluntad y el espíritu creativo de un equipo de profesionales no sirve más que para que un pendejo se atiborre a hacer el chorra. Y yo les estaré eterna y profundamente agradecido por mis desaguisado con su guiso.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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