Cuéntase que en mi mocedad visité con mis padres el Museo del Prado por primera vez y me negué a mirar los cuadros. Quería jugar en la calle y yo, niño pesado seglar, les dí el coñazo sin misericordia. Llamado al orden, mis padres me hicieron vagar por el museo a su lado en sumisa procesión a lo que yo, en mi rebeldía arrabietada, respondí poniéndome de espaldas a los cuadros y negándome a ver el sublime arte. Si en lugar de cinco hubiera tenido veinticinco me había convertido en un ídolo de vanguardias.

Volví a El Prado en muchas ocasiones. Ya he escrito sobre mi bienamado museo en otro artículo con el que usted grácilmente puede aberrincharse si decide leerlo. Poco a poco le fui ganando querencia. Goya me fascinó desde el primer momento. El Velázquez mitológico y costumbrista también. En otra de mis visitas, siendo ya adolescente, descubrí los velos de mármol.

Mi garbanzosa memoria recuerda que en esa ocasión visité de nuevo El Prado con mi familia. Entramos por la puerta de Velázquez, la que da al Paseo del Prado y giramos a mano derecha hacia la de Murillo. Al final de un pasillo había unas estatuas de corte clásico en una especie de sala circular con ventanales altos. Mi padre comentó cómo le impresionaba el trabajo de los escultores emulando la textura de algo tan sutil como una tela en la dureza plástica de la roca. Hasta entonces yo no había reparado en ello, pero mi padre, que siempre ha tenido la capacidad de abrirme los ojos a la realidad más evidente, lo hizo una vez más en aquella ocasión.

Desde entonces siempre me he sentido fascinado por el arte de los velos esculpidos y la habilidad para conceder al mármol la sensibilidad de la gasa vaporosa sobre el cuerpo y especialmente sobre el rostro. No me hable de autores o técnicas. Soy lego en la materia pero puede profundizar más en este enlace que habla de esa transparencia o en este otro que habla de la escultura en El Prado. Además puede echar un ojo a este pastiche de imágenes en medios sociales que recoge algunos ejemplos sublimes.

Escribir sobre El Prado y sus esculturas despierta en mí la urgencia de ver arte. He hallado en mi vida pocas sensaciones tan únicas como la de dejar el espíritu vagar y jugar con el estrabismo relajado frente a un cuadro para alcanzar una sublimación del alma y los sentidos que otros parecen encontrar en la meditación, el ascetismo y otros estados alterados de consciencia. Tal vez mi satisfacción provenga porque al mirar un cuadro, y en contraste con mi rabieta infantil, le estoy dando esta vez la espalda a todo lo que me encabrona de este mundo.

1 Comentario

  1. Me has hecho llorar a estas alturas
    Esa era la idea y años después ahí están las consecuencias
    Tendrás a aplicar el sistema a nuestro chaval alicanchino
    Te quiero

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