Las películas de zombis son como los propios zombis. Con paso cadencioso te van rodeando y cuando menos lo esperas no tienes escapatoria y tienes que ver una. Vi películas de zombis en mi más tierna inocencia como espectador y la indiferencia y aburrimiento que me producen no han podido sino ir in crescendo. La cosa quedaría ahí, como tantas otras temáticas absurdas y que gozan del favor de las masas, si no fuera por su ubicuidad, glorificación y el soniquete incesante que producen.

Lo de la ubicuidad se entiende en el feliz matrimonio que hacen público con muertos vivientes. La fascinación que ejerce el fenómeno zombi sobre las audiencias es mesmerizante y la mina de oro que supone promete seguir pariendo títulos con intestinal regularidad. Las explicaciones más peregrinas tratan de justificar el mundo de los muertos vivientes. Unos hablan de especular con la supervivencia en entornos hostiles, otros de una metáfora de la alienación individual ante una sociedad cada vez más muerta, otros de los temores atávicos y de la existencia de la magia y el más allá. A mi todo eso me suena a hueco. Tíos y tías que o se afeitan o se depilan buscándose excusas para intentar demostrar que lo suyo no es un simple picor arrastrado desde que se reventaban espinillas. No cuela. Como siempre, me quedo con la que admite que le gusta porque sí, porque le da canguelo y le mola el terror con palomitas, pantuflas y tableta de chocolate.

A mí ni me da canguelo ni me mola. Me sobresalta, por supuesto, como a cada hijo de vecino. Pero podría ser el ratón Mickey en lugar de un zombi. Ponle una música tétrica, si puedes con subgraves, poquita luz, un hospital vacío, una morgue, una mansión abandonada, ponle alguien angustiado huyendo de algo y cuando cree que ha escapado aparece el ratón Mickey en primer plano. Si le pones dos bombillicas rojas en los ojos y colmillos entonces ya sí que lo petas. Lo de menos es que sea un zombi. Es un recurso fílmico transversal con vampiros, psicópatas, asesinos, soldados y otros monstruos de índole sigilosa.

Si me das una temática gamberra, me enganchas. Me gustaron Re-Animator y Braindead que se toman el fenómeno zombi con la seriedad que merece. Se lo pasan teta dando sobresaltos y vuelcan ridiculez sobre el puro absurdo de la situación. Personajes de coña y zombis estúpidos con mala leche, chupa de cuero y tupé. Molan.

Pero si lo revistes de seriedad y tratas de que me lo crea, pues no puedo. Comienzo a racionalizar la peli, tal y como el guionista me plantea y claro, no pasa el corte. Las pelis/series de zombis son para irse con el novio o la novia y achucharse como en el vídeo de Thriller. Los cómics y libros son para ratones de tienda de tebeos, de esos que gozan haciendo gala de lo inteligentes que hubieran sido si les hubiera dado por hacer algo de provecho con sus vidas, como probablemente sus tíos pensarán. Si quiere sentir el verdadero vértigo del horror vea el episodio Metalhead de Black Mirror y luego observe el catálogo de Boston Dynamics.

Mas usted se preguntará que qué más me da a mí. Que si ellos contentos pues que no importa lo que yo piense. Pero este viejo se ve en la necesidad de levantar la manita y, contracorriente, decir lo que piensa. Porque si me callo como el que da la razón a un tonto, el silencio puede tornarse en complice de la estupidez.

Como con los superhéroes y el universo de la Guerra de las Galaxias, los zombis destapan las vergüenzas de los que se negaron a crecer intelectualmente y optaron por consumir repetidamente la misma píldora azul una y otra vez. No sea que un día se vayan a despertar y descubran el verdadero terror.

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De vocación sus labores, este viejo podría haber hecho algo de provecho si no hubiera sido él mismo. Podría haber sido el peor de los periodistas si no se lo hubiera propuesto. Podría haber sido un gran hombre de ciencia si la inteligencia, el talento, la tenacidad y una mente despierta le hubieran acompañado. Podría haber sido un artista si hubiera gozado de la impostura. Es por eso que es arduo poner notas biográficas de quien apenas ha vivido.

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