No nos engañemos. Pocos lectores debo tener que no sepan en primera persona quien fue la Tácher (a través de los telediarios, por supuesto, no tomando té con pastas en una austera morada en la campiña de la pérfida). Margaret Thatcher, primera primera ministra de Inglaterra (échense las manos a la cabeza por favor que no voy a usar Reino Unido ni Gran Bretaña. Da pereza), es celebérrimamente conocida por extinguir para siempre el estado del bienestar en su país, dar finiquito al sector industrial a hostia limpia y facilitar las purgas que enterraron el psicodélico sueño británico de la posguerra para dar paso a la farlopera vanguardia yuppy de los ochenta (God save Gordon Gekko). Por todo ello, estoy seguro que un buen número de ingleses y demás minorías británicas siguen teniendo a la Tácher muy presente, ya sea pa acordarse de su memoria o de la de sus parientes.

Pero no. No voy a ponerme a poner a parir a la Tácher porque ni soy un experto ni me interesa su figura especialmente. Solamente me interesa una cita que he leído que la mandataria pronunció. En inglés predica así: Socialism is great until you run out of other people’s money, que viene a ser algo así como El socialismo es genial hasta que se te acaba el dinero de los demás. Tenía arte la Dama de Hierro, eso no hay quien lo niegue.

Siempre que leo citas logradas me gusta jugar sustituyendo palabras y conceptos. Cuando menos siempre sale algún despropósito gracioso. Pero en este caso es de cajón el intentar sustituir socialismo por capitalismo. Y cáspita. Funciona igual de bien. Resulta que la Tácher estaba más cerca de lo que probablemente hubiera deseado de aquello que tan enconadamente odiaba. El trueque fácil de palabras, obvio incluso para mi, no le supuso ningún obstáculo. Claro, nos votan, nos crecemos y nos miramos el ombligo y llegamos a la conclusión de que el nuestro es más profundo que el del resto.

Sé que puede resultar algo descorazonador para quien siga teniendo fe en algún sistema económico, si es que existe tal persona, pero sólo los beneficiados directamente de una u otra escuela son los que encuentran verdaderas razones para defender la validez de los distintos planteamientos teóricos. Al final es bonito (metafóricamente hablando) leer a Friedman y a Piketty, o a Asimov y a Philip K. Dick (a estos dos últimos sí que mola leerlos), o a cualquier otro practicante de la ciencia ficción, pues en el fondo, las distintas teorías económicas son todas brillantes y todas ellas funcionarán con precisión atómica el día que consigamos programar robots que se ajusten a ellas.

Mientras tanto, tengamos en nuestra mente el palomazo que soltó la Tácher sobre el socialismo sin que se le moviera la boina de laca y encomendémonos a San Judas Tadeo, abogado de los casos difíciles, la próxima vez que un capitalista o un socialista nos traten de vender la moto.

Dejar respuesta

Comentario
Nombre