A medida que uno se hace mayor deja de sorprenderse por casi todo. Deja de ver la gracia a lo que antes era puro gozo. Probablemente todo sea parte del rancho senil que toca yantar, aunque sigue sin ser plato sabroso.

Una de las cosas que peor llevo es que ya no me gusta casi ningún cómic contemporáneo. Siempre me han encantado las historietas, pero ahora me cuesta encontrar un tebeo que realmente me diga algo. La mayoría de los argumentos me parecen aburridos y repetitivos y huyo de zombies, westerns, rambos y otras americanadas como del mismo diablo. Lo siento, no las soporto. Mmmm, no, no lo siento.

Es por eso que cuando en un tiento fortuito descubro un título que me hace tilín, no puedo evitar sentirme eufórico por unos instantes. No sólo porque formalmente sea un producto bueno y el todo sume más que las partes, sino porque deja en mi una impronta en forma de sensaciones cuando la rememoro. El horror, la vergüenza, la tristeza vienen a mí cuando recuerdo Maus. La inquietud y el suspense son sinónimos de Urasawa. El erotismo es Manara. Y La Blusa de Bastien Vivés es todo sensualidad.

Quizá sea a causa de ese pasar del tiempo que determinadas viñetas de La Blusa me transportan a sensaciones de años barridos. Son estados de ánimo magistralmente enhebrados los que tejen La Blusa. Sin narrador. O mejor. Siendo nosotros, desde la lectura, los que nos convertimos en narradores sin palabras. Sólo con sensaciones. Es en esos momentos cuando el cómic realmente despliega su potencial y se separa de la literatura y la ilustración para reclamar su lenguaje propio. Ojo, Ibáñez también lo clava en Mortadelo y Filemón, así que no estoy hablando de madurez espiritual, sino de solidez artísitica.

Por supuesto, La Blusa tiene mucho de sexo y juventud. De descubrimiento de uno mismo. De abandonar lo que se cree que se desea para cazar la experiencia que se desvanece en el momento. De todo lo que va más allá del amor para poder volver a amar. De los recuerdos de lo que aquello fue alguna vez. Y a mi me lleva a sorprenderme de lo perennes que son las sensaciones que esos rescoldos esconden y que un mero aire pasajero puede inesperadamente avivar.

La historia de La Blusa. Una muchacha descubre con placer y temor el ardor y el deseo en las miradas de los otros mientras usa una blusa prestada. Como si de una máscara liberadora se tratara, vistiendo la blusa profundiza en los deseos reprimidos o socialmente condicionados, hallando una parte de sí misma que no quiere seguir ignorando.

El dibujo me recuerda a la línea clara de algunos de los Humanoides Asociados o quizá incluso a Taniguchi, aunque con signo propio y carente del ideal de perfección de los mencionados. Algo boceteados para no acabar de poner verjas a la imaginación del lector. Perfecto para la historia que cuenta. Los encuadres refuerzan la sensualidad de la historia y consigue magníficas impresiones de la textura de la seda sobre la joven, que en ocasiones parece estar posando para la mirada de algún fotógrafo francés clásico. Y sin embargo también contiene la crudeza del malevaje marginal que transpira !Jo, qué noche! Un gustazo.

Bravo por Bastien Vivés. Espero con ansia cazar algo más suyo y que esté al nivel de La Blusa.

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