Es tan difícil quererlos. Y sin embargo, si fueran amigos nuestros, nos mostraríamos ufanos de contarlos entre los nuestros, destacaríamos los espabilaos que son pa los negocios, la sencillez de su trato y lo envidiosos que son los que les critican. Y trataríamos de no meternos donde no nos llaman cuando la moralidad de su forma de vida entrara en conversaciones de mayor enjundia. Eso cuando no están delante nuestra. Cuando estamos a solas con ellos intentaríamos parecer más listos de lo que somos. Inconscientemente. También les daríamos la razón para situarnos a la altura de sus razonamientos y nos compadeceríamos de sus tristes andanzas de probe niño rico. Cuando estuviéramos apandillados junto con otros colegas y él, le llamaríamos cabronazo, le diríamos lo feo que es y la suerte que ha tenido porque pa otra cosa no valía. Eso sí. Cuando nos diera consejos de lo que tendríamos que hacer con nuestra vida privada y profesional nos iríamos a casa pensando «¿pero este gilipollas quién se ha creído que es? Les pones unos ceros en la cartilla y se piensan que son la rehostia. ¡Vaya imbécil!».

Me divierte pensar en estos términos acerca de los billonarios (yo creo que en castellano tendríamos que usar el término millardonario que es más apropiado y suena más escatológico). Pero no se confunda. No me entretiene sin embargo pensar en ellos en otros términos como haciendo sus necesidades, teniendo moquita cuando se acatarran, tirándose un cuesco en una reunión, sacándose mocos, masturbándose pensando en la hija del socio o bajando a media noche a la nevera a comerse una trufa, aguantando las broncas y reproches familiares, cabreándose soberanamente cuando lee algo malo sobre él en la prensa o mirándose en el espejo y diciendo soy la hostia cuando se acaba de zampar un millardo de dólares más. No me divierte a pesar de que todo ello sea parte de su vida cotidiana como no me divierte pensarlo de cualquier otra persona porque estos tipos no tienen la menor pizca de gracia y no hay dinero, relaciones públicas y guionistas en el mundo que puedan corregir eso. Aunque claro, siempre hay estúpidos para reírles las gracias.

En la canción «Si yo fuera rico» se resume una gran parte del misticismo que acompaña a la riqueza y al rico. ¿Quién quiere ser rico sin gozar de las prebendas que la pasta otorga? Son semidioses inmaculados sin toga ni Olimpo, pero semidioses a fin de cuentas. Sólo su mortalidad nos acerca a ellos.

Parte de esas mercedes que acompañan al endiosamiento que trae el hacer pasta a raudales es el mesianismo que exudan. Algunos de ellos hasta se lo llegan a creer, pero en la mayoría de los casos la entronización procede de la más vil grey. Mi idea de escribir sobre ellos y sus vanagloriadas dotes procede de varios artículos que he leído en Computer Hoy y está mayormente protagonizada por jefes de empresas tecnológicas. Este enlace lleva a los que tienen Steve Jobs como término de búsqueda, pero pruebe con cualquier otro nombre que no se sentirá decepcionado. A más noticias que leo sobre ellos más me llego a la convicción de que esos tíos son más normales que un picor y que cualquier cosa que hagan se interpreta como la sandalia de Brian.

Pues en esas estamos. Que los titanes tecnológicos no dejan usar el móvil a sus cachorros y parece que es una doctrina sesudamente desarrollada y producto de algún arcano secreto. Yo también intento racionar las horas de tele, teléfono, tablet y cualquier otra castaña con la que se intenta flagelar mi niño. Es de cajón. Le llamas diez veces y sigue embobao viendo cómo un monster truck con forma de tiburón salta un montón de tierra y se espanzurra ante el jolgorio de un estadio lleno de adultos. Sí. De adultos con todos sus pelos y achaques. No hay que darle más vuelta a la tortilla. Una miradita chunga y el nano apaga la tele o me sugiere poner algo más educativo. El yonky también sabe que la heroína le puede matar un día pero no puede evitar volver a ella. ¿Hace falta un titán de la tecnología para saber que tu niño tiene que ver menos detritus hertziano? Ojo, libros perniciosos abundan en todas las estanterías. Así que el papel no es una alternativa mejor a lo digital per se. Amigos gilipollas y abusones también existen, así que a priori las relaciones personales no ofrecen más garantías de éxito que las podridas redes sociales.

Otro ejemplo desternillante. Resulta que hay una cosa llamada la regla del silencio incómodo. La expresión «la regla del silencio incómodo» evoca esa costumbre ancestral que tienen los novios y novias de justificar sus recíprocos defectos. La mencionada regla es, según el artículo, una hábil jugada de inteligencia emocional por la cual, cuando un sagaz directivo tecnológico se ve enfrentado a una pregunta tendenciosa o de difícil respuesta, se escuda en un silencio jedi que acaba por hacer perder los nervios al preguntón de turno. Los enamorados de los tecnojefes dices que es una técnica. Para los más escépticos y castizos se suele emplear más frecuentemente el «le han cazao», «se ha quedao en blanco», «toma ya kas manzana», «vaya cara de lelo se le ha quedao» o cualquier otra lindeza similar. Un tecnomaster de estos no dura medio round de cañas en la Cerve o en cualquier otro chigre de concurrencia despierta. Si no es porque es un machote de los chips y las pesetas nadie le daría opción a que el silencio se volviera incómodo. Se comenzarían a oír bostezos, alguien imitaría el tic tac del reloj o el sonido del 1, 2, 3 con el campana se acabó.

Otra noticia cuenta que Steve Jobs cambiaba de coche cada seis meses. En California no estabas obligado a poner la matrícula a tu coche durante los seis primeros meses de uso debido a cuestiones burocráticas. Así que con el fin de evitar que supieran quién era, el manzanero alquilaba un coche nuevo cada seis meses (siempre del mismo modelo). Eso se llama subestimar la inteligencia de la peña. No hace falta ser un lince para ver que no hace falta ser un lince para convertirte en un tecnomesías. Si he de darme a alguna verborrea dudosa sobre los millardonarios que sea esa de que tras cada gran fortuna se esconde un gran delito, que ya se ve que no una inteligencia especial.

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