Adolfo, dueño y señor de la barra de la Cerve hasta donde su Paqui le permite, siempre ha sido un tipo de palabras medidas. Lejos de la verborrea empalagosa de otros jefes de barra o de la torva pose de almas nacidas para la soledad, Adolfo sabe mantener un equilibrio audaz e infrecuente. No se demora en el servicio, siempre da las gracias, rara vez olvida una comanda y sabe terciar rondas de su lado en su justo momento, así como invitar a ahuecar el ala si el respetable pierde el adjetivo. Si un par de alondras se está arrullando o graznando junto a la ensaladilla, Adolfo sabe que la otra punta de la barra necesita atención. Pero si el que está al otro lado adolece de melancolía o es presa de una efusión festiva, su atención y talentos aparecen al punto.

Cierto día le pregunté cómo era capaz de combinar todas esas cosas sin caer en el más ignominioso baboseo espiritual. «Yo he sido cocinero antes que fraile y tengo bien fresco qué es lo que no me gusta de un camarero.» ¿Pa qué pregunté?

De las muchas charlas que he compartido con Adolfo recuerdo la de una tarde de patrios rejonazos.

No sé a cuento de qué se había iniciado la corrida pero cuando llegué al bar ya estaban metidos en faena varios diestros, y también varios zurdos, si usted me sabe entender. Los maestros no eran asiduos. Conocidos del barrio sí, pero no asiduos. Y como es costumbre, cuando no son asiduos, la concurrencia no se mete. No hay nivel.

La cosa iba de la tristemente ínclita Guerra Civil que, como buena guerra, se sigue inmiscuyendo en la vida de unos y otros para seguir jodiendo a tirios y troyanos. Muertos, cunetas, traiciones, iglesias quemadas, fachas, rojos, comunistas, fascistas, más muertos, fusilamientos, vendettas, hambre, tuberculosis, gloria militar, rusos, alemanes, italianos, las brigadas, los anarquistas, monárquicos, republicanos, Lorca, Guernica, Mola, Franco, república, dictadura, Duque de Alba, Azaña, Largo Caballero, exilio, estraperlo, Falange, todo, todo iba rodando con gran escandalera escalera abajo desde la sucia azotea compartida de los rencores y las rencillas, tal y como suele corresponder al tema. Un par de «no tienes ni puta idea», tres «vete a tomar por culo» y decenas de mira que eres facha/rojo coronaron en un «cuanto se debe» y se fueron con la marcha fúnebre a otra parte.

Cuando cruzaron el umbral solo quedada en el aire la sorda carcajada de pecho cargado de Don Aurelio. Le miré y le pregunté que de qué se reía. «De nada. ¿De qué me voy a reír yo? Yo solo miraba a Adolfo».

Adolfo puso su mueca de «este me la ha vuelto a liar» y bajó la mirada por intentar que la cosa cayera en alguna singularidad cósmica surgida al paso. Pero no. No esta vez. El Guaja, dijo algo así como «hombre, Adolfo es feo, pero tampoco es para reírse de él». El loro terció su clásico «feeeeeeeeeeeeeeeo, feeeeeeeeeeeeeeeeo» y calló.

—No— intervino Adolfo. —el Aure se refiere a una conversación que tuvimos él y yo el otro día sobre las etiquetas.
—Etiqueeeeeeeeetas, etiqueeeeeeetas —hizo eco el loro.
—Que yo le decía al Aure —Adolfo es el único con categoría para llamar Aure a Don Aurelio— que llegada cierta edad y quizás con la distancia que da estar tras la barra, todo eso de izquierdas, derechas, buenos, malos, rojos, azules y verdes se me parecen etiquetas malas. O igual se me ha pegado algo de sus medias tintas.
—Sabía yo que tenía que pagar yo el pato en algún momento —dijo Don Aurelio sin quitarse la sonrisa.
—Pues eso, —siguió Adolfo tras barrer con la mirad al Aure —, que le decía yo que todo eso de izquierdas, derechas y otras pamplinas son como malas etiquetas. Ya ves que yo tengo botellas aquí de variado pelaje y octanaje, pero no hay ninguna que diga simplemente coñac o vino blanco. Ese tipo de etiquetas, que las hay, engañan porque no sabes muy bien lo que te echas al gaznate. Pues eso. Que le decía yo al Aure que cada vez creo menos en eso de izquierdas y derechas y que me gusta saber de que está hecho cada uno más que ponerle una etiqueta, que es lo fácil.
—¿Y usted estaba de acuerdo con eso Don Aurelio? Según creo usted las pasó canutas en la posguerra —dijo no sé quién.
—Sí, pero hay que estar dentro para vivirlo. Los regímenes políticos pueden sacar lo peor de la gente. Rara vez lo mejor, en mi opinión. Pero es la gente la que lleva el demonio en su interior. Es más fácil culpar a una institución política que nombrar uno a uno al asesino, al traidor, o al ventajista, que abunda más que nada. El que es un cabrón de siete suelas se hará del carné que le haga falta para dar rienda suelta a su psicopatía. Otros se justificarán diciendo que prefieren matar a ser matados. Y muchos les darán la razón para tiznarse el alma sin que ello le quite el sueño. El que tiene compasión la sacará a relucir cuando el miedo le deje. El rencoroso buscará la manera de castigar al que le agravió, usando para ello todo lo que necesite y tenga a mano. El que manipula buscará que te asocies con él. El poder es número, así que te engalanará la oreja como a un tonto y te nombrará entre sus huestes siempre que lo necesite. El que necesita de los otros para la consecución de sus fiebres te querrá de su lado ya sea por asociación o por repulsión. Hará misas negras por la noche y será el primero en comulgar el domingo. Venderá collares y correas para todos los canes pero el suyo irá suelto y a mandíbula batiente. No se si me seguís. Lo que quiero decir es que las etiquetas son muy útiles para saber qué nos bebemos o que hay en la lata, pero muy sucias en cuanto a los seres humanos. Las izquierdas y derechas son etiquetas al servicio de la manipulación política. No hay mejores ni peores según su voto. Podríamos enzarzarnos en una dialéctica laberíntica sin encontrar la salida. La izquierda piensa que son más humanitarios y abiertos que la derecha, a la que considera más mezquina y retrógrada. La derecha se considera más realista y práctica que la izquierda, a la que considera como una banda de ascetas de salón, hipócritas y envidiosos dispuestos a usurpar lo que no les pertenece. Puede que ambas partes tengan razón. Pero nadie ha visto jamás la cara de la izquierda ni la de la derecha. Sólo le han visto los dientes a lobos que en la penumbra unas veces parecían rojos y otras azules.
—Pero si luego preguntas a un comunista o a un fascista de carné si el estado debiera ser el administrador y organizador de toda la riqueza del país —dijo Adolfo—, bueno, le preguntas eso o cualquier otra pregunta de barra y tapa a quien quiera que sea y la respuesta que te puedes encontrar va a ser muy distinta dependiendo de si su padre es tendero o minero, de si un rojo le robó la novia, de si tiene algún problema psicológico, su padre le pegaba, abusaban de él o de si simplemente considera que el alcalde es un imbécil desde que lo conoce. La intransigencia, la intolerancia, la compasión, la inteligencia, la sabiduría, la habilidad, el altruismo, la bondad, esas son las etiquetas que debieran definirnos y no algo tan peregrino como una tendencia ideológica donde se mezcla vino con vinagre. Lo que yo quería decir el otro día es que me he cansado de ir poniendo etiquetas a la gente. Solo son útiles a ciertos pájaros.
— Etiqueeeeeeeeetas, etiqueeeeeeetas, feeeeeeeeeeo, feeeeeeeeeeeeo —zanjó el loro la cuestión.

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