Disquetes de 3 pulgadas

Oh tú, usuario de smartphone, ávido oteador de tendencias, aspirante a influencer o influencer, instalador/desinstalador compulsivo de apps, seguidor poco seguido, cuellicurvo de vocación, tengo malas noticias para vos. Yo soy viejo, pero tu eres un antiguo.

Crees que el último teléfono te sitúa a la vanguardia de la tecnología, pero nuevos visillos no hacen nuevo al cotilla. Dotores chismosos, acosadores, quinquis, chulos, psicópatas, pesaos del mundo, regocijaos, tenéis un nuevo reino donde podéis campar a vuestras anchas. Antes se huía de vosotros como quien ve al diablo, ahora, gracias a los titanes de las moderneces, tenéis un montepío a vuestros pies.

El oropel de la tecnología disfraza viejos hábitos con el sayo de una modernindad fofa que sólo despierta un largo bostezo entre aquellos que no se sienten intimidados por teclados virtuales y el imperio del anglicismo.

Pero yo he estado aquí antes de que se inventaran los ratones y los disquetes decayeran. Yo he tenido un Amstrad con pantalla de fósforo verde, una consola Palson de telejuegos, he buscado términos de Basic en un diccionario Vox, un 486 de IBM, he bajado canciones con Napster antes de que resultara ser ilegal, he tenido un reproductor MP3 de 64 MB y usado los ftp abiertos. He visto nacer y morir microimperios tan sólidos como los Grandes Hermanos de ahora, que caerán.

Sí, yo he visto cómo el nivel de la tecnología ha ido reptando subrepticiamente hacia cotas impensables de vualgaridad, inutilidad y futilidad. Si queridos modernos míos, la tenología ha tenido que descender hasta vuestros avernos cotidianos para que le prestéis atención. No por magnanimidad or bondad de los creadores, sino porque sois la carne que se mastica más fácilmente.

Y tú, con tu último cacharrito inteligente te despiporras de la ignorancia de tu abuelo para reenviar una foto de su juventud. Una foto hecha con una cámara analógica sin artificios automáticos. Una foto en la que aparece con sus amigos con los restos de una paella cocinada con leña en una pinada y una playa virgen al fondo. Con caras de felicidad, arrugas y sombra que el algoritmo de tu retocador facial no podrá comprender jamás. Con botas colgadas al fresco y siestas entre toallas y sombreros de paja.

Siento ser yo el que te lo diga pero tú y tus moderneces estáis pasados de moda.

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