Viendo que nos van enchufando las vacunas a los puretas poco a poco debo ir entrenándome para cuando Adolfo vuelva del pueblo y reabra la Cerve. Tengo en la mollera un par de temas y posturas que sacaré a relucir a la menor ocasión porque echo de menos una buena trifulca estilo pre-pandemia. Pero he tenido que aparcarlas todas tras la irrupción de la Superliga en mi vida. Aunque todo quede en nada, uno no pudo evitar hacerse ilusiones de que el mundo del fútbol pudiera cambiar.

Porque el menda está a favor de la Superliga. Sé que es una postura profundamente impopular y que por eso mismo la adorarán en la Cerve. Sé que esta opinión va contra la de muchos aficionados, pero tengo mis razones para apoyarla, aunque tal vez no sean las mismas que inspiran a los que han intentado crearla. Mientras que para los fundadores del gatillazo el objetivo era, más o menos veladamente, hacerse con el control de su potencial económico, mis razones son más bien deportivas.

He de admitir que no soy seguidor de ninguno de los equipos fundadores ni de ningún otro equipo en su misma órbita. Pero ello nunca me ha supuesto un obstáculo para disfrutar cuándo un equipo de élite logra modos futbolísticos exquisitos. En mi caso lo considero una ventaja y no un inconveniente. No tengo que padecer que mis rivales hagan mejor fútbol que mi equipo o que el estilo de los míos sea chabacano y grosero. También me permite dejar de verlos sin remordimientos cuando aburren. Es por eso que, en el plano deportivo, creo que la Superliga es una buena salida para poder disfrutar del fútbol en su máxima expresión estética.

Por otro lado devolvería algo de justicia y oportunidades al resto de equipos de las competiciones locales. Estoy harto de ver ganar a los grandes siempre. A costa de llenar sus vitrinas matan cualquier tipo de emoción. Puedo disfrutar con sus partidos cuando son contra rivales de enjundia pero no sigo competición local alguna en la que participen si están fuertes. Quizá tendría más interés en seguir a mi equipo si supiera que al inicio de cada campeonato tiene opciones de conseguir un título. Pero con los mayorzotes de por medio sólo podemos comernos las migajas que dejen. Es por eso que es mejor que los grandotes coman ellos solos en su propio comedor y a horas distintas y se peleen por la comida entre ellos. Aunque su comedor sea el más lujoso, sus platos rebosen de caviar y foie y sus tenedores sean de oro, si eso les place.

Por supuesto, esta idea es profundamente impopular entre los seguidores de esos equipos. En realidad, lo que les da pavor no es que el fútbol deje de pertenecer a sus seguidores (fantasías animadas de ayer y hoy) como proclaman, sino que muchos de ellos pasarán a ser como los eternos perdedores que pueblan sus actuales competiciones. Esos titanes tienen su coto en sus propias ligas (con algunas excepciones) pero con la Superliga se les acabaría el chollo. Barça y Madrid podrían tener que hacerse a la idea de que un par de décadas sin cazar un título sería una opción plausible si en lugar de con el Huesca, el Eibar o el Valladolid tuvieran que vérselas con el Manchester City, la Juve o el Chelsea (y dándose con un canto en los dientes de que el Bayern de Munich no pueda estar en la competición por el bien de todos). ¿Qué cara se te puede quedar cuando no tengas opciones a ganar el título cuando sea Enero y no tengas una liga en la que enfocarte? ¿Quieren seguir pudiendo participar en la Champions? ¿La copa? Seguro que tras una Superliga vendrían una Supercopa y una Supersupercopa. Y querrían seguir teniendo opciones de jugar las copas nacionales y creo que estaría bien que pudieran hacerlo. Así se mantendría la opción de poder seguir viéndolos jugar en otros campos nacionales.

Y sin embargo, a pesar de estar francamente a favor de la Superliga, creo que se tendría que hacer de otro modo. Una ruptura tan drástica como la que se propuso la semana pasada es totalmente irreal precisamente por ser unilateral. Los Superligones tienen que ser conscientes de que tienen que convivir con el resto de equipos, muy a su pesar. Que sus jugadores no son inmortales y que envejecen y que tendrán que comprar más jugadores. Que habrá competiciones internacionales en la que sus jugadores querrán participar. Es decir, tendrán que relacionarse con los demás, muy a su pesar. Es por eso que creo que toda esta ruptura debiera en realidad ser acometida como una reforma pactada.

Pero una reforma que tome como punto de partida que el dinero es el factor primordial que hace que un equipo se encuentre en la élite. Con contadas y celebradas excepciones, desde hace tiempo, al fútbol sólo ganan los más ricos. Y es por eso que la Superliga debiera ser establecida por un corte presupuestario principalmente. Su organización, los tramos económicos y las formas de entrar y salir tendrían que ser pactadas. Del mismo modo se tendrían que configurar las categorías inferiores, con ascensos y descensos sólo dentro de los mismos cortes presupuestarios, renunciando por fin a la obligatoriedad de vivir por encima de sus posibilidades como muchos equipos menores han tenido que hacer, en ocasiones llevándoles a la extinción o al rescate. Sólo admitiendo que el fútbol es talento al servicio de la pasta se puede aspirar a tener un modelo sostenible.

De todos modos, hace años entendí que el fútbol, con toda su delicada y efímera belleza, no busca la sostenibilidad, ni la ecuanimidad, ni la justicia, porque en el fondo y más allá de sus cacareadas soflamas publicitarias, en el rincón más podrido y oscuro de su alma, el fútbol es sometimiento, agresión, engaño, hostigamiento, intimidación, humillación y exhibición.

Puede que el fútbol, el fútbol puro, sólo se pueda seguir viendo en un descampado donde cuatro chiquillos ponen dos piedras para hacer una portería y juegan con una lata, o una bolsa o un balón pinchado. No han oído hablar del honor, ni de la superación, ni de la deportividad, ni de la Superliga y se aburren horrores viendo un partido de fútbol por la tele. Sólo quieren jugar. Todo lo demás es showbusiness.

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