Comience este artículo por aclarar que me gusta The Guardian y que tengo lazos absolutamente personales e inquebrantables con China. Para dejarlo claro, mi mujer es china y mi hijo resultado de nuestro cóctel genético. Y le tengo simpatía a The Guardian y a China, así que cuando leo cosas negativas o que emborronan la imagen de cualquiera de ambas partes frunzo el ceño. Habitualmente las cosas malas que leo sobre China las leo en The Guardian o en cualquier otro diario de corte liberal y de origen occidental. Y habitualmente lo malo que percibo sobre The Guardian va incluido también en esos mismos artículos en forma de perdigonazo al viento en contra.

Tratar de defender o atacar la política del gobierno chino no entra dentro de mis aspiraciones. Principalmente porque soy un ignorante en esas lides. No sé cómo se organiza el partido comunista, ni cómo se elige el presidente del país, ni qué facciones hay, ni cómo se establecen las políticas rectoras, ni tantas otras cosas necesarias para poder hacer una crítica con juicio. Para eso tengo España que es mi país, dónde me conozco la entraña y la piel, y donde puedo hablar sin decir demasiadas tonterías (aunque alguna siempre cae).

Pero a The Guardian me lo conozco más. No la entraña pero sí la piel, porque conozco el oficio que ejerce y ahí sí que puedo meter baza. Disfruto con sus columnas de opinión, todas con una línea general común lo suficientemente abierta como para encontrar diversidad de posturas, lo cual enriquece la publicación. También disfruto de sus buenos cronistas (Sid Lowe en deportes es una joya) y de su meticulosa edición que supera sus condicionamientos culturales e ideológicos para tratar de ofrecer contrastes. Creo no estar equivocándome cuando digo que The Guardian es con frecuencia un ejemplo de lo que el periodismo debiera ser. Y es por ello que el tratamiento de China en The Guardian es con frecuencia un ejercicio de autodestrucción de todos esos valores.

Como ya he dicho no me conozco los entresijos de lo que sucede en China. Conozco el país por sus gentes. He comido, cenado y me he emborrachado con chinos que han hecho bromas sobre sus políticos como cualquier hijo de vecino español. He visitado Xi’an con su fuerte impronta musulmana coexistiendo con los restos de la dinastía Tang, he caminado entre los hutongs de Pekín y disfrutado de las nieblas nocturnas de Shanghai, y de tantas tantas otras cosas en Suzhou, en Hangzhou, en Nanjing, en Hong Kong, en Macao … Siempre me he sentido seguro en China. Siempre he encontrado amabilidad en la gente y frialdad en las fuerzas del orden a la altura de la sobriedad de las españolas. Por eso me tomo con recelo lo que leo en The Guardian sobre China. Especialmente aquello que se sostiene en precario equilibrio.

Pero tampoco voy a entrar a analizar los contenidos que defiende The Guardian como no voy a analizar la historia reciente de China, aunque creo que debo exponer mi postura con el fin de sostener honestamente este artículo y que no parezca algo que no es.

No comparto la ideología del Partido Comunista de China pero sé reconocer que han hecho un trabajo tremendamente valioso sacando a centenares de millones de ciudadanos de la pobreza. Tampoco comparto la ideología liberal de The Guardian especialmente en su vertiente más jacobina y militante. Por ello creo que China debe pasar a formar parte del acerbo revisionista que The Guardian profesa en temas como el esclavismo, el racismo o el imperialismo. Las Guerras del Opio son probablemente uno de los capítulos más vergonzosos de la historia del ser humano y todavía no ha habido un acto de redención por parte de las naciones que la causaron que intente poner el contador a cero. Al contrario, la OTAN, de la mano de Biden, ya ha avisado que China es peligrosa. Se ve que no tuvieron bastante sangría y buscan más vino. Creo que estas pinceladas dan una idea de hacia donde cojeo en la cuestión aunque, como he dicho, no es lo que me interesa.

Lo que me interesa, es decir, lo que me preocupa, es que The Guardian parece haberse sumado al aparato de denigración de la opinión pública hacia China a expensas de su integridad profesional. Siempre se han mostrado combativos en la cuestión de Xinjiang y por más que lo he leído, la mayor parte del material más sensacionalista tiene la solidez de las fotos de las armas de destrucción masiva que desencadenaron la Guerra del Golfo.

The Guardian se ha hecho eco de genocidio, esclavitud y torturas basándose en informes más que dudosos de agencias más que dudosas con relaciones carnales con el gobierno de Estados Unidos o con pruebas tangenciales que no despiertan la más mínima confianza en un tema tan serio. Busque acerca de las fuentes del enlace anterior y se le caerá el alma a los pies.

Esta noticia, que es la que me ha hecho escribir este artículo, está patrocinada por un lobby de Washington que puede hacer y desahacer mientras The Guardian no se meta en los pantanos de la Casa Blanca y su Capitolio. Siga el enlace para profundizar en los recovecos de la debatible moralidad de la financiación de The Guardian en estas cuestiones tan sensibles porque ahí está lo que me preocupa. Noticias patrocinadas en secciones políticas que favorecen al patrocinador. Algo huele a podrido en la redacción. The Guardian declara su independencia editorial a pesar del cheque, pero amigo, no eres independiente si te pagan. Si te pagan por hacer un trabajo eres un empleado y tienes que hacer lo que tu jefe te pide, y tu jefe tiene que hacer lo que su jefe le pide. Eso le pasa al tendero, al basurero y al periodista. Quizás, si eres un periodista más o menos honrado, no vayas a escribir algo falso y contrastes tu fuentes, pero en el fondo tendrás muy difícil escribir un artículo que revele el papel de los lobbies de Washington en la desinformación al servicio de la diplomacia estadounidense si los lobbies de Washington están poniendo las lentejas en tu plato y vistiendo a tus chiquillos. Quizás, si eres un poco despierto, tengas la mosca detrás de la oreja y te preguntes si no estarás siendo víctima de una manipulación por su parte. Quizás seas lo suficientemente cínico como para poder vivir cómodo en esos zapatos. Quizás lo hagas con agrado porque los chinos te caen fatal y crees que hay que bajarles los humos. Y quizás mañana, cuando hayas acabado el artículo patrocinado, puedas seguir con tu historia sobre el impacto de las fake news en las elecciones de donde sea. Mientras se sigan creyendo que viene el lobo.

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