1. Final feliz

Primera

Mi muerte siempre ha sido motivo de encendidas polémicas no exentas de controversia. Mientras mis más devotos seguidores sitúan mi deceso en el punto culminante de una delirante orgía en la que todos los placeres y pecados por los que fui vilipendiado alcanzaron cotas legendarias y un refinamiento sin parangón, mis más acérrimos adversarios me retratan postrado en un mullido lecho reconciliándome con todo aquello y todos aquellos que fui esquivando a lo largo de mi vida.

No todo es poco incierto ni muy falso y aunque no soy yo quien para desmentir rumores de nadie, y nada más lejos de mi intención que allanar el mito del mito, he de decir por mor del honor, que sobreviví a la infame e inolvidable orgía y que mandé llamar a mi tendero para pagarle las 175 pesetas que le debía desde 1987. Fue un trago duro admitir que la deuda era cierta después de mantenerme en mis trece durante tantos años, pero la broma ya había dado bastante de sí y no era cosa de venirme al otro barrio y dejar al pobre Heliodoro como un tonto.

Al velorio, tal y como yo había dejado escrito, vino todo el que quiso. La familia cercana, la lejana, la invisible y la imborrable. Amigos y enemigos rieron y lloraron al alimón en el tanatorio. Ex compañeros de trabajo se reencontraron y todo el mundo preguntaba a otros por aquellos que faltaban. Hubo algún conato de pelea entre facciones encontradas tras muchos viajes al bar, respondido con susurros de qué vergüenza. Hubo chistes verdes de tío abuelos, besos espinosos de tías, miradas furtivas entre recién crecidos e incluso una refriega amorosa entre quien ya imagináis en los aseos menos visitados de las dependencias mortuorias justo cuando la noche se me quería unir y quien más y quien menos rendía pleitesía intermitente a Morfeo. Glorioso.

El día siguiente tuvo su funeral católico y su entierro. Nunca me gustó privar de consuelo espiritual a quien lo necesitó y no supo encontrarlo por sí mismo. 

Me agradó el hecho de que fuera al principio de la primavera en un día de viento frío y cielo azul intenso con lunares de nubes con prisa. Cuellos de gabán subidos, bufandas batientes y faldas con alma de bandera y obstinadamente reñidas con el decoro que el momento requería a ojos de algunas. 

Hubo quienes dijeron haber podido mejorar el espectáculo con músicas, poemas, banderas y gestos que me representaban. Pero todo el que me conoce bien sabe que, en mi singularidad, fui demasiado plural. 

Finiquitado el asunto, la familia amante se fue a comenzar el duro trabajo de intentar olvidar, los Vicini acompañados por los rusos y algún que otro pájaro de cuidado se tomaron una de mejillones, unas bravas y unos amarguitos en La Mejillonera y prometieron volver a verse en breve para celebrar mi segunda partida. Más vicio que Caín. 

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