Sueños y madrugones

Lázaro 4

Los hábitos de los millonarios para dormir pueden ser ideales si eres capaz de dormirte en el andén del metro en hora punta o si vives en una isla desierta o en una mansión y nadie te molesta. Pero en plena ciudad, a las cinco y media de la tarde, sea verano o invierno y siendo un delicadito para dormir como Lázaro es, puede ser todo un reto el conciliar el sueño.

El vecino del piso de arriba y su profusa prole parecen estar siempre practicando el baile por bulerías. La ventana de la habitación de Lázaro da a un patio interior émulo del teléfono para un buen número de vecinas. Los susurros de éstas intercambiando inteligencia son totalmente discernibles y audible para todo el bloque. Lázaro lo llama el patio-wifi. La televisión a to trapo del jubileta sordo del tercero, … En fin, que Lázaro, hombre consciente de lo poco que puede hacer para mantener la ciudad callada a esas horas había tenido que crearse su burbuja artificial de silencio.

Descartados los somníferos, pues era de cajón que eso era hacer trampa si se quiere ser millonario, se había comprado tapones para los oídos. Además usaba un antifaz para evitar la luz. Con esas dos medidas, Lázaro había llegado a dominar el arte de dormirse contra viento y marea, para encontrar que el verdadero problema era cómo despertarse. Si eres un millonetis, pues el mayordomo te despierta con una palmadita suave en el hombro y tu té o lo que sea en una bandeja. Pero para Lázaro, insomne las más de las veces y dormilón cuando capturaba el sueño, era todo un reto cumplir el horario para despertarse. Para solucionar el problema acabó por dormir con el móvil en algún bolsillo del pijama confiándolo todo a la vibración. Era lo que mejor le había funcionado aunque no era infalible. A veces, si lo ponía en el bolsillo superior, se despertaba sobresaltado pensando que le estaba dando un ataque al corazón. Pero si lo ponía en el del pantalón, muchas veces sus sueños se tornaban … mmmm, digamos que exóticos.

A lo que íbamos, esta noche en cuestión, Lázaro ha tenido un sueño inquieto por temor a dormirse en el día más importante de su vida hasta el momento. Así que a las dos y media de la mañana se devela y hace la croqueta hasta las tres y media, cuando abandona el rebozado.

Lo primero que hace, como cada día, es darse su correspondiente ducha fría. Siendo honestos no es fría fría. Lo había sido al principio de acometer sus hábitos de millonario. No sabe bien dónde había leído que los millonarios y gente longeva en general atribuyen parte de su éxito a sumergirse en duchas frías nada más levantarse de la cama. Lázaro, friolero por naturaleza, no podía concebir la relación entre el dinero y la temperatura del agua, a menos que fueras fabricante de calentadores de agua, en cuyo caso era de recibo promocionar las duchas calientes.

Sin embargo, fiel a su natural humildad, corrió su máxima de «¿Quién soy yo para desdecir al millonetis de turno?», e intentó darse duchas frías por la mañana. Como que no. El tema de la ducha fría estuvo a punto de dar al traste con todo su plan de hacerse rico. Al principio comenzaba con agua caliente e iba bajando la temperatura poco a poco, pero le entraba la duda de cuánto de fría tenía que ser una ducha fría para ser considerada de millonario o longevo. A él le parecía fría toda aquella ducha en la que no hubiera vapor en el ambiente. Un día, lleno de arrojo, abrió el agua fría a tope, y comenzando por el tobillo llegó hasta media pantorrilla en lo que le pareció un auténtico acto casi suicida. «El infierno seguro que es frío y no caliente», había pensado siempre.

Al final, llegó a un acuerdo consigo mismo, y sólo bajaba la temperatura de la ducha los últimos 5 segundos. Era suficiente para sentir el respingo del millonario, como él lo llamaba.

Acabada la ducha y vestido con chándal, pantuflas y batín, se toma su cafetito de italiana y una barrita de muesli de ejecutivo zen para complementar su madrugón, antes de lanzarse a la vorágine del millonario en ciernes.

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