Unos planes magníficos

Lázaro 1

Podría haber nacido en cualquier lugar pero solamente una época como la actual es capaz de haber creado a alguien como nuestro protagonista, al que llamaremos, quizá por carácter quizá por chanza, Lázaro. Pero aún pudiendo ser hijo de cualquier tierra, Lázaro era hijo de aquí. De la gran ciudad. Tan única y tan igual al resto de grandes ciudades del mundo. Y al igual que la gran ciudad, Lázaro era tan único y tan similar como el resto de únicos y similares habitantes de la gran ciudad y, mal me pesa decirlo, de este único y plano mundo.

Inmerso desde su ya pretérita juventud en una rutina consumida en puestos de trabajo mediocres con sueldos ofensivos, Lázaro había aprendido a apaciguar su contumaz azogue con una combinación de robotización laboral, comedida vida social de barrio y gulosa ingesta mediática. Tras desayunarse los diarios, Lázaro era capaz de capear sobriamente cualquier tarea sin desembebecerse de la jugosa radio para rematar el día sumido en las parabólicas enseñanzas del altar en alta definición. De tragaderas desmedidas, Lázaro se había acostumbrado a deglutir sin miramientos todo lo que caía entre cartas de ajuste, se cacareaba hertzianamente de levante a poniente o moteaba tintas apalabradas en las barras mañaneras de su bar preferido entre churros y tostadas.

Y para poner la guinda al cóctel llegaron los teléfonos inteligentes. Los telefonitos eran todo en uno: radio, prensa y tele, pero además albergaban el poder monstruoso de Internet materializado en formas y colores de toda una nueva generación de medios sociales. Y a Lázaro le fascinaban todos. Se hizo perfiles en todas y cada una de las redes sociales de las que supo. Pronto se convirtió en un usuario ávido y activo que no dejaba tema por comentar, reenviar, refrendar o censurar.

Y tanto y tanto medio consumía que poco a poco el tiempo de su ocio se le fue tornando escaso. Sus horas de descanso menguaban mientras la ominosa presencia inamovible del trabajo crecía insoportablemente. Sus vida social más allá de las pantallas también se vio recortada para preocupación de sus correligionarios, y cuando paraba para disfrutar de unas cañas, el disfrute le abandonaba entre trending topics, trolls y posts virales.

Tanto vivía la antivida social de las redes que Lázaro comenzó a envidiar las vidas de toda esa troupe que vivía el ensueño de vivir de internet. Viajaban, compraban, reían, ligaban, divagaban, sentenciaban, aconsejaban, listaban, reprendían, proponían y emprendían sin temor al qué pasará ni al qué dirán. Eran profusamente sabios. Conocían todo. Hablaban de todo. Sabían de la vida mejor que nadie. Esos sí que sabían vivir. Eso sí que era vivir.

Corroído por la arrebatadora fuerza de esas naturalezas desbordantes, Lázaro comenzó a empollar el deseo de disfrutar en sus carnes de dichas prebendas. Lejos de su mundana rutina. Al pairo de placeres sin límite. Al poco del embarazo, hastiado de tanta tele, radio, prensa y medio social decidió arremangarse y comenzar a labrarse un futuro brillante. Así que siguiendo el decálogo para el éxito de un influencer de cuyo nombre de usuario no quiso acordarse, Lázaro se centró en luchar por su sueño, ser fiel a sus principios, marcarse unos objetivos claros y nunca rendirse ante la adversidad. El decálogo incluía cinco puntos más que decidió ignorar sin ningún atisbo de remordimiento. Es lo bueno de los influencers. Que mayormente no son expertos, sino que se meten a experto. Así que tampoco hay que tomarlos muy en serio cuando no conviene.

Fruto de este propósito, Lázaro consiguió convertir sus horas de asueto en algo rotundamente apasionante. Comenzó a urdir un meticuloso plan, una obra maestra, que le llevaría desde la a abandonar para siempre su mediocre estilo de vida para engrosar las filas de las élites más acaudaladas y reputadas de la sociedad. Años de intensas sesiones de televisión, radio, periódicos, libros, cursos y cursillos, y más recientemente Internet, le habían llevado a convencerse de que él estaba tan dotado para escalar los deseables peldaños de la fama y la riqueza como cualquier magnate o celebridad de los que tanto se hablaba y escribía.

Su segundo más preciado tesoro era un grueso cuaderno lleno de notas, direcciones, presupuestos, cuentas garrapateadas, fotografías y recortes pegados, grapados, clipados y sueltos. Todo ello aderezado con una gruesa goma que tensamente abrazaba el conjunto longitudinalmente. Un editor avisado podría haber convertido tal cuaderno en La guía definitiva para el futuro millonario. El cuasi legajo relataba los típicos tópicos hábitos y posesiones que se pueden presumir en las clases adineradas tradicionales, mas sin olvidar las últimas excentricidades de los ricos de nuevo cuño. Y no había obviado ideas innovadoras que ningún millonario que se preciase de serlo hubiera imaginado. Viajes a ignotos parajes, villas en cada subclima, apartamentos en cada urbe notoria. Lázaro detallaba una cohorte de empleados abasteciendo sus necesidades más mundanas: manjares sobre manteles de hilos finos, licores de colores y olores delirantes y precios exorbitantes, transportes conducidos por otros, deportes de riesgo y arriesgadas experiencias vitales, poco, por no decir nada, quedaba fuera del, llamémoslo, quizá por sus contenidos quizá por chanza, Códice de Opulencias.

Nada al azar

Además, Lázaro consideraba que alcanzar el nivel monetario que precisaban sus planes no podía ser dejado al azar de loterías o subidas de sueldo. Por lo que su más preciado tesoro era un armario lleno de archivadores, cuartillas, cuadernos, carpetas y discos duros repletos de exhaustivos planes de negocio cuyo éxito era casi imposible evitar. Pero, no era una colección dispersa y carente de sentido. Lázaro había trazado un plan detallado de cómo comenzar con un negocio de inversión mínima, riesgo diminuto y rentabilidad asegurada. Así, en algo menos de una década, se instalaría en las listas de celebridades del dólar y el carisma que los medios publican asiduamente.

Había pasado la última década de su vida recavando información de todo tipo de fuente que le pudiera ayudar a hacerse rico, … al menos desde su punto de vista. Por ello había estudiado sesudamente todo lo que caía al alcance de su radar sobre sistemas financieros y administración de empresas. Se había empapado de biografías de afamados emprendedores. Además había tratado de comprender, con bastante dificultad y esfuerzo, los más renombrados libros de los más grandes economistas clásicos y de última hornada. También había disfrutado con cada corriente de pensamiento y obra: desde los retroliberales y neomarxistas hasta las doctrinas zen de los yuppies de los ochenta. Ni siquiera había desdeñado supersticiones y consejos de gurús de la mas cuestionable procedencia y catadura. Y siempre seguía con avidez cualquier noticia sobre bolsa, inversiones, política monetaria y evolución política mundial. Tampoco se perdía las últimas novedades de Hollywood o las teorías conspiratorias que abundaban en Internet. Tan vasta información le había llevado a realizar un profundo compendio comparativo y había conseguido extraer las claves definitivas para triunfar en los negocios. Esas claves se encontraban en ese armario al que llamaremos, quizá con motivo quizá por chanza, Archivo de Ambiciones.

Esta tarde en que comenzamos esta historia, podemos ver a Lázaro dando unos golpecitos para ordenar un montón de cuartillas y almacenándolas en la parte final de ese maravilloso archivo. Luego podemos imaginar que da dos pasos hacia atrás y mira su magna obra, cuan Miguel Ángel ante su Moisés, y dice: “A hacerse rico se ha dicho tronco … aunque primero lo tengo que pasar al portátil.»

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