Unos planes magníficos

Lázaro 1

Podría haber nacido en cualquier lugar pero solamente una época como la actual es capaz de haber creado a alguien como nuestro protagonista, al que llamaremos, quizá por carácter quizá por chanza, Lázaro. Pero aún pudiendo ser hijo de cualquier tierra, Lázaro era hijo de aquí. De la gran ciudad. Tan única y tan igual al resto de grandes ciudades del mundo. Y al igual que la gran ciudad, Lázaro era tan único y tan similar como el resto de únicos y similares habitantes de la gran ciudad y, mal me pesa decirlo, de este único y plano mundo.

Tras haber pasado gran parte de su vida en puestos de trabajo mediocres con sueldos mediocres que le garantizaban un mediocre estilo de vida, Lázaro había conseguido convertir sus horas de asueto en algo rotundamente apasionante. En su mente había desarrollado un meticuloso plan, una obra maestra, que le llevaría a abandonar para siempre su mediocre estilo de vida para engrosar las filas de las élites más acaudaladas y reputadas de la sociedad. Años de intensas sesiones de televisión, radio, periódicos, libros, cursos y cursillos, y más recientemente Internet, le habían llevado a convencerse de que él estaba tan dotado para escalar los deseables peldaños de la fama y la riqueza como cualquier magnate o celebridad de los que tanto se hablaba y escribía.

Su segundo más preciado tesoro era un grueso cuaderno lleno de notas, direcciones, presupuestos, cuentas garrapateadas, fotografías y recortes pegados, grapados, clipados y sueltos. Todo ello aderezado con una gruesa goma que tensamente abrazaba el conjunto longitudinalmente. Un editor avisado podría haber convertido tal cuaderno en La guía definitiva para el futuro millonario. El cuasi legajo relataba los típicos tópicos hábitos y posesiones que se pueden presumir en las clases adineradas tradicionales, mas sin olvidar las últimas excentricidades de los ricos de nuevo cuño. Y no había obviado ideas innovadoras que ningún millonario que se preciase de serlo hubiera imaginado. Viajes a ignotos parajes, villas en cada subclima, apartamentos en cada urbe notoria. Lázaro detallaba una cohorte de empleados abasteciendo sus necesidades más mundanas: manjares sobre manteles de hilos finos, licores de colores y olores delirantes y precios exorbitantes, transportes conducidos por otros, deportes de riesgo y arriesgadas experiencias vitales, poco, por no decir nada, quedaba fuera del, llamémoslo, quizá por sus contenidos quizá por chanza, Códice de Opulencias.

Nada al azar

Además, Lázaro consideraba que alcanzar el nivel monetario que precisaban sus planes no podía ser dejado al azar de loterías o subidas de sueldo. Por lo que su más preciado tesoro era un armario lleno de archivadores, cuartillas, cuadernos, carpetas y discos duros repletos de exhaustivos planes de negocio cuyo éxito era casi imposible evitar. Pero, no era una colección dispersa y carente de sentido. Lázaro había trazado un plan detallado de cómo comenzar con un negocio de inversión mínima, riesgo diminuto y rentabilidad asegurada. Así, en algo menos de una década, se instalaría en las listas de celebridades del dólar y el carisma que los medios publican asiduamente.

Había pasado la última década de su vida recavando información de todo tipo de fuente que le pudiera ayudar a hacerse rico, … al menos desde su punto de vista. Por ello había estudiado sesudamente todo lo que caía al alcance de su radar sobre sistemas financieros y administración de empresas. Se había empapado de biografías de afamados emprendedores. Además había tratado de comprender, con bastante dificultad y esfuerzo, los más renombrados libros de los más grandes economistas clásicos y de última hornada. También había disfrutado con cada corriente de pensamiento y obra: desde los retroliberales y neomarxistas hasta las doctrinas zen de los yuppies de los ochenta. Ni siquiera había desdeñado supersticiones y consejos de gurús de la mas cuestionable procedencia y catadura. Y siempre seguía con avidez cualquier noticia sobre bolsa, inversiones, política monetaria y evolución política mundial. Tampoco se perdía las últimas novedades de Hollywood o las teorías conspiratorias que abundaban en Internet. Tan vasta información le había llevado a realizar un profundo compendio comparativo y había conseguido extraer las claves definitivas para triunfar en los negocios. Esas claves se encontraban en ese armario al que llamaremos, quizá con motivo quizá por chanza, Archivo de Ambiciones.

Esta tarde en que comenzamos esta historia, podemos ver a Lázaro dando unos golpecitos para ordenar un montón de cuartillas y almacenándolas en la parte final de ese maravilloso archivo. Luego podemos imaginar que da dos pasos hacia atrás y mira su magna obra, cuan Miguel Ángel ante su Moisés, y dice: “A hacerse rico se ha dicho tronco … aunque primero lo tengo que pasar al portátil.»

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