2. Salvado por el poder

Segunda

Me duele admitir que mis primeros años en este mundo no están a la altura de mi leyenda. A pesar de las cálidas palabras de mis padres y sus intentos por decorar mi infancia con bonitos episodios y amorosos recuerdos no consigo recordar apenas nada de entonces. Probablemente, y como algunas fuentes han recalcado, como resultas de un existencialismo indómito desarrollado en el vientre materno, me sumí en una bacanal de vivencias sinsentido que habitualmente acababan en vomitonas, chillidos, carcajadas vehementes y, en resumidas cuentas, una oda a la anarquía.

Estudiosos de mi vida han reseñado mi insultante tendencia a liberar mis aguas menores y mayores sin el menor respeto por la concurrencia ni la circunstancia. No en pocas ocasiones mis adorados padres tuvieron que hacer de tripas corazón e interceder por mí para que la cosa no llegara a mayores. Humilde y compungidamente desde esta tribuna electrónica, les pido disculpas.

Mención aparte merece mi rebeldía por la estética que mis progenitores y familiares creían más acorde con mi estilo. Mi escatología sin parangón y mi afición por el exhibicionismo (incluidos gestos obscenos con mis partes pudendas y las provocaciones en forma de eructos, llantos y rabietas) parecen ser claros exponentes de mi posicionamiento. Sé que no es plato de buen gusto para nadie el leer tamaña confesión, pero si he de ser honesto conmigo mismo y los que me rodean, no puedo acallar las voces de mis biógrafos más lacerantes y hacer como si nada hubiera pasado.

Y respondiendo a sus dudas sobre mi estado mental durante estos primeros tiempos, también deberé aceptar que probablemente me encontraba bajos los influjos de algunas sustancias narcóticas. Quiero dejar claro también que mis padres, moderados hasta el extremo y celosos de mi felicidad y buena salud jamás tuvieron nada que ver con ello. Analizando mi entorno y familiares allegados creo haber identificado como el origen de la fuente de dichas sustancias a alguno de mis compinches de correrías. Lástima no tener un recuerdo claro para poder poner cara y nombre al energúmeno que me sumió en tan terrible época obscura, si bien, todos y cada uno de ellos han llegado a la vida adulta, contrariamente a lo que podríamos pensar.

Hay quien ha querido ver en estos años una militancia política extrema y una llamada a la regeneración de un sistema de gobernación que estaba siendo puesto en tela de duda no sólo por mi generación, sino también por infantes y prepubescentes. Ni quito ni pongo, pero quiero acentuar que fue mi interés por la política el acicate que me hizo superar mi dependencia a la vida laxa y disoluta que hasta entonces había llevado.

La transición y la tan mentada erótica del poder ejercieron un poderoso efecto en mi efervescente persona, llevándome a recapacitar sobre la deleznable utilización de los senos de mi madre como alimento que hasta entonces había ejercitado. Sí señores, me alimentaba de los senos de mi madre. ¿Se puede caer más bajo? Lloro compungido mientras escribo estas letras mientras contemplo en mi mente su bello y generoso rostro. Esa madre que jamás vertió un reproche a pesar de que el destierro de su lado e incluso la prisión perpetua hubieran estado justificadas.

Ahora debo detenerme. La pena me embarga y debo reflexionar antes de seguir adelante narrando estos aciagos tiempos.

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